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divendres, 23 de setembre del 2011

La hormona de la juventud

LA HORMONA DE LA JUVENTUD

Jueves. El impuesto a los ricos, o como quiera que se llame, es un hueso y nosotros somos los perros encargados de roerlo. En algunas películas, cuando los ladrones entran a robar en una casa, distraen a los canes con el peroné de un choto que les hace olvidar sus obligaciones. A veces, el hueso está envenenado, de forma que los animales perecen mientras los cacos revientan la caja fuerte sin problemas. Durante los días anteriores y posteriores a la aprobación de la norma por la que se decidió gravar los patrimonios superiores a 700.000 euros, la prensa no hizo otra cosa que roer y roer ingenuamente la noticia mientras los ricos nos robaban la cartera. Nos la continuaban robando en realidad, pues tenemos una fiscalidad hecha a su medida. Los ricos pueden ocultar su patrimonio, pueden defraudar sin ir a la cárcel, pueden pagar impuestos de risa en comparación con los que pagan sus chóferes… Tal es el corazón del asunto y del que era preciso desviar la atención. Lo lograron, enhorabuena. Nuestros políticos son malos pero astutos.

Viernes. Todos los periódicos tienen suplementos: de cultura, de ocio, de economía, de salud… El suplemento viene a ser como esas medicinas que se venden bajo el epígrafe de “complemento alimenticio” y que carecen de efectos secundarios. El suplemento, cabría decir, es un producto de parafarmacia. Con lo que hay que llevar cuidado es con las páginas diarias, repletas de contraindicaciones. Por cierto, que llevo días escuchando por la radio una campaña de publicidad sobre un fármaco, de nombre Dormidina, aconsejado para el “insomnio ocasional”. Me pregunto a qué podríamos denominar insomnio ocasional, ¿al que dura una semana, un día, un mes? El caso es que servidor se tomó en cierta ocasión una de esas pastillas para el insomnio ocasional y al día siguiente no lograba recordar el número secreto de su tarjeta de crédito. Recuerdo haberme quedado absurdo frente al cajero automático, pidiéndole a mis dedos que hicieran un ejercicio de memoria. Tuve que entrar en la sucursal e identificarme sin género de dudas para que me echaran una mano. La Dormidina, como el periódico diario, es un medicamento con su prospecto y sus efectos colaterales, qué le vamos a hacer. Pues bien, resulta que ceno en casa de unos amigos donde me entero de que ya se permite en España la venta de la melatonina, también conocida como la hormona del sueño. En América llevaba mil años ofreciéndose en los supermercados, casi al por mayor, de manera que no se entendía lo de aquí. El caso es que, me dicen, ya está entre nosotros, sin prospecto (sin amenazas) y sin receta médica (sin necesidad de andar pidiendo favores a los médicos amigos). Se comercializa bajo el epígrafe de “complemento alimenticio”. Quiere decirse que hemos pasado de tenerle pánico a considerarla un caramelo. Vale.

Sábado. Entro en la farmacia de mi calle y pregunto con cierta inhibición de drogadicto si es verdad lo de la melatonina. Me dicen que sí, de modo que compro una caja de pastillas de 1,95 miligramos (el máximo autorizado es 2) y espero impaciente la hora de meterme en la cama. Esa noche duermo mejor y tengo sueños de una calidad hipnagógica. Llamo a un amigo, consumidor habitual, y me dice que la siga tomando, que sus efectos verdaderos no se notan hasta pasados quince días de comenzar el tratamiento. Creo sinceramente que la melatonina va a cambiar mi vida. Quizá deje de ser el fantasma nocturno en el que me había convertido desde hace años. Una persona despierta a las cuatro de la madrugada, dando vueltas por el pasillo, es lo más parecido a un espectro. Y eso era yo.

Domingo. Compro cuatro periódicos, cada uno con sus típicos suplementos dominicales (o complementos alimenticios) y me paso el día leyéndolos, despreciando en cambio el diario que los acompaña. Noto una cierta extrañeza corporal, no desagradable, que atribuyo a la melatonina, sobre la que descubro casualmente un artículo que habla de ella como de un poderoso antioxidante. La hormona de la juventud, la llaman algunos. Este es el primer domingo, en mucho tiempo, que no me provoca efectos secundarios indeseables.

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