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divendres, 2 de desembre del 2011

Una revelación vacía

UNA REVELACIÓN VACÍA

Jueves. Querida Gorda de Acciona, yo soy el sufrido viajero que iba el otro día a su lado, en el AVE, dirección Córdoba, cuando usted mantenía una conversación telefónica insoportable en la que cada dos minutos repetía a su interlocutor o interlocutora: “Y me importa un pito que me llamen la Gorda de Acciona”. A mí también me importaba un pito que la llamaran a usted la Gorda de Acciona, incluso que trabajara de Gorda en Acciona, es decir, que hubiera sido fichada como Gorda por la empresa Acciona. Pero usted, querida Gorda de Acciona, no tuvo piedad conmigo ni con nadie. Nos obligó a tragarnos la conversación entera, llena por cierto de amenazas veladas a su interlocutor o interlocutora, cuando había una plataforma a la que se podía haber retirado para no molestar.

Llegué a Córdoba algo sonado por culpa de la Gorda de Acciona y al poco de entrar en el hotel tuve una experiencia mística, pues se trataba de un establecimiento en el que para bajar tenías que subir y para subir tenías que bajar. De hecho, la recepción se encontraba al nivel de la calle (piso cero) y mi habitación en el piso menos uno, o sea, un sótano. Pues bien, llegado que hube a mi habitación resultó que estaba por encima de la recepción. Supuse que el piso menos dos estaría todavía más alto. Es decir, que cuanto más caías en las profundidades del hotel, más cerca te encontrabas de su azotea. No encontré explicación alguna al fenómeno, que dejo registrado aquí, para quien desee comprobarlo. El hotel, muy céntrico, se llamaba Alfaro.

Viernes. Regreso a Madrid, tras la experiencia cordobesa, lleno de aprensión, por si volviera a coincidir en el viaje de vuelta con la Gorda de Acciona. Pero no. Como he pasado mala noche, me acomodo para dar una cabezada cuando mis ojos ven, debajo del asiento de delante, un cuaderno de notas. Lo tomo por curiosidad, lo abro, y leo lo siguiente: “Un señor escribe al director de un periódico una carta que le publican. Dicha carta es leída por el presidente de una asociación cultural de Cuenca, que localiza al autor de la misiva y le invita a dar una conferencia en su ciudad. El invitado, de 55 años, jamás ha dado una conferencia. Si ha sido suficiente, piensa, escribir una carta al director para que le llamen de Cuenca, es que ha tirado su vida por la ventana. De haber empezado a escribir cartas al director a los 20 años, ahora mismo estaría dando conferencias en Nueva York. El hombre prepara concienzudamente su intervención, que versará sobre aislantes térmicos. La lee a las ocho de la tarde frente a un auditorio de diez personas, cinco de las cuales dormitan. No obstante, él abandona la sala de la asociación cultural con la autoestima por las nubes. Ya en la habitación del hotel, para celebrarlo, se pone una copa de coñac del minibar y enciende un Camel de un paquete de tabaco que ha encontrado allí mismo (cortesía del hotel u olvido del anterior ocupante). Jamás antes había fumado ni bebido, por lo que se marea un poco, aunque se trata de un mareo agradable, incluso creativo. Hacia la mitad del cigarrillo, se da cuenta de que está teniendo una revelación, aunque ignora de qué tipo, como si se tratara de una revelación sin revelación, al modo de una materia sin materia (la materia oscura, por ejemplo). De algún modo misterioso, el hombre alcanza entonces la certidumbre de que el mundo está al servicio de algo. Al día siguiente, tras regresar a su ciudad, se despide de la oficina donde se ganaba la vida y comienza a escribir cartas al director, calculando que cuando haya publicado cinco o seis más, se convertirá en un conferenciante famoso. Pero no le vuelven a publicar ninguna. Un día, mientras se afeita, comprende que la carta publicada y lo de Cuenca fueron un par de golpes de suerte que le indujeron a una percepción distorsionada de la realidad. La vida no era así. Entonces pide el reingreso en la oficina, donde por fortuna lo aceptan de nuevo y nunca se le vuelve a ocurrir la idea loca de que podría haber llegado a ser más de lo que era. He ahí la revelación sin revelación, se dice”.

¡Hostias!, me digo yo.

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