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dimecres, 11 de novembre del 2009

Vísperas de la boda

VÍSPERAS DE LA BODA

Estaba tomándome el «gin tonic» de media tarde cuando en la mesa de al lado un hombre le preguntó a una mujer si era capaz de imaginarse una libélula gorda.

—Pero gorda gorda -añadió-, como tu madre.

—¿Estás comparando a mi madre con una libélula? –preguntó la mujer.

—Si hubiera libélulas gordas -dijo él-, estoy seguro de que se parecerían a tu madre.

—¿Pero qué tiene mi madre de libélula?

—No sé, la expresión de la cara, los movimientos de las piernas… Además, cuando riega las plantas, se acerca y se aleja de ellas con movimientos semejantes.

La mujer cortó un trozo de su tortita, que untó con nata, y se lo llevó a la boca pensativa, como tratando de decidir si el hombre trataba de piropear o de insultar a su progenitora. Por fin, pasados unos segundos, preguntó:

—¿Te imaginas un hipopótamo delgado?

—¿Cómo de delgado?

—Pues que se le notaran las costillas.

—No es fácil, pero sí.

—Pues si hubiera hipopótamos delgados serían igual que tu madre.

Aunque me pareció advertir en las palabras de la mujer una intención ofensiva, lo cierto es que el hombre no se dio por enterado.

—A mi madre —se limitó a señalar— no se le notan las costillas.

—Pero actúa como un hipopótamo. La ves avanzar en toda su delgadez por el pasillo y te dices: ahí viene un hipopótamo famélico.

Yo di un sorbo a mi gin tonic e imaginé una escena de documental de La 2 en la que una libélula gorda se posaba sobre el cuerpo de un hipopótamo delgado. Parecía una escena surreal, un regalo onírico. Mientras me perdía en estas ensoñaciones potenciadas por el alcohol, la pareja se hundió en un silencio hosco que rompió ella preguntando si invitaban o no invitaban a su boda al «ministro». Vale, dijo él, y eso fue todo.

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