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dimecres, 4 de febrer del 2009

¿Dónde están los filósofos?

¿DÓNDE ESTÁN LOS FILÓSOFOS?

Todos los lugares físicos representan, sin excepción, un espacio moral. La cueva metaforiza una cosa y el desierto otra. Lo mismo podríamos decir de la selva o del mar. No podemos instalarnos en un sitio sin atribuirle inmediatamente connotaciones anímicas. No huele igual mi casa que la de mi vecino porque el aliento moral que impera en cada una es diferente. Todo tiene un alma. La de las palabras, por ejemplo, es su significado. Si se lo quitas, el término más hermoso del idioma deviene en una mera sucesión de sonidos. Lo físico y lo anímico (lo mental, si ustedes prefieren llamarlo de ese modo) se trenzan de una manera diabólica. Pero lo anímico se vehicula siempre a través de lo físico (¿a través de qué, si no?).

La crisis empieza a configurarse como un sitio infernal en el que acechan seres desconocidos u olvidados. Al principio se hablaba de ella como de un ciclo inherente al sistema. Para sobrevivir, bastaba pues con aguantar un poco la respiración, ya que tarde o temprano saldríamos de nuevo a flote, veríamos la luz. La supervivencia resultaría desde luego más fácil para quien tuviera mayor capacidad pulmonar o dispusiera de botellas de oxígeno. Pero para aquellos a quienes faltara el aire antes de tiempo, ahí estaba el Estado, que disponía de reservas casi ilimitadas. No había que ponerse dramático, en fin, sino cubrirse mientras pasaba el chaparrón. El asunto era duro, pero controlable. En lo que la crisis tenía de alma («la economía es también un estado de ánimo», dijo el presidente), deberíamos tratarla con fortaleza de espíritu, sin entregarnos.

Bien, después de Davos, da la impresión de que este desastre no se corresponde exactamente con uno de esos ciclos del capitalismo irresponsable (y perdón por la redundancia), sino que hemos colocado el pie en un espacio nuevo, como cuando descubrimos América (espacio anímico por excelencia). No sabemos nada de este lugar denominado Crisis, pero ignoramos, sobre todo, si tiene puerta de salida. Lo que sí parece evidente es que se trata, una vez más, de un espacio moral de cuyo significado tampoco estamos muy seguros. En tal situación, ¿no deberían hablar más los filósofos que los economistas?

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