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dimecres, 10 de desembre del 2008

Antes del tiroteo

ANTES DEL TIROTEO

La gente que se muere durante la crisis debe de sentir, junto al fastidio lógico, cierta sensación de alivio. Es como irse de la reunión de vecinos antes de que empiecen las hostilidades. La vida tiene algo de reunión de vecinos. Llegas a un mundo incomprensible, situado en un suburbio del sistema solar, y, ¡hala!, ahí te las compongas. De repente, sales de la vivienda, tomas el ascensor y coincides con el del quinto y su señora, que están igual de despistados que tú.

- Deberíamos reunirnos -dice el vecino- para decidir si nos hacemos cazadores o agricultores.

-De acuerdo -respondes-, mañana a las ocho en primera convocatoria y a las ocho treinta en segunda.

Pues eso, os reunís, y resulta que un vecino ha inventado la guerra y otro ha inven tado la electricidad y otro más ha descubierto la circulación de la sangre y otro se ha entregado a la Teología. Las reuniones de vecinos están bien mientras los niños son pequeños y no hay más remedio que alcanzar acuerdos básicos sobre el funcionamiento de la realidad. Pero a medida que la comunidad envejece son una lata porque salen todas las manías, todas, de los copropietarios.
Nosotros estamos en el momento de las manías, con un edificio, además, hecho polvo (calentamiento global, fusión de los casquetes polares, tsunamis a destajo). Por si fuera poco, algunos vecinos no pagan las cuotas de la comunidad por culpa de la crisis. La vida se está convirtiendo en un asco, en fin. En tales circunstancias, seamos sinceros, morirse no está tan mal.

Ahí os quedáis, parecía decir el rostro de un amigo al que despedimos el otro día. Ha dejado una hipoteca más grande que el valor del piso para el que la pidió, lo que le traía frito durante las últimas semanas. El hombre entró en la especulación tarde y mal, como todas las personas corrientes y después de que su suegra le hubiera dicho mil veces que vivir de alquiler era tirar el dinero. Total, que se murió de asco. Pero yo creo que se murió con cierta sensación de alivio, consciente de que la vida no daba más de sí. Palmarla ahora es como irse del baile antes del tiroteo. R.I.P.

dimarts, 9 de desembre del 2008

Gustos raros

GUSTOS RAROS

Estábamos cenando un grupo de amigos cuando salió a relucir en la conversación el nombre de un escritor del que no sabíamos nada desde hacía mucho tiempo.

«Creo que murió», sentenció alguien sin que nadie lo corrigiera, pues todo el mundo ignoraba qué había sido de él.

Ese «creo que murió» me dejó un poco confuso, como cuando tropiezas con una piedra en un plato de lentejas. El resto de la noche, mientras prestaba una atención mecánica a la conversación, estuve tratando de digerir aquella frase diabólica. «Creo que murió». Quizá, en fin, estaba vivo, quizá no. Tal vez estaba de forma simultánea vivo y muerto, como el célebre gato de Schrödinger.

Cuando llegué a casa, antes de meterme en la cama, investigué en Internet y descubrí que el escritor de marras (qué rayos significará marras) no nos había dejado todavía. ¿Pero cómo evitar, después de aquella cena, que estuviera un poco muerto? Me acosté preocupado. ¿Cuántas personas (políticos, actores, presentadores de televisión) se encontrarían en esa bruma, en esa frontera que separa la vida de la muerte? Mientras venía el sueño, hice una lista de personajes que habiendo estado tiempo atrás muy presentes en mi vida, no sabría decir ahora de ellos si vivían o no. Me salieron siete, cuatro hombres y tres mujeres. Los imaginé haciendo equilibrios en los límites que separaban el más acá del más allá, unas veces en este lado y otras en aquél, unas veces tomando una copa y otras de cuerpo presente. Me dormí con esta idea y esa noche no soñé, o no recordé nada al despertar.

Pero continué dándole vueltas al asunto a lo largo del día siguiente. Imaginé que alguien decía lo mismo de mí («¿Millás?, creo que murió») y sentí una paz infinita. Qué bueno ese deambular entre un lado y otro. En cierta ocasión me encontré en la calle con un pariente lejano de mi mujer al que creía fallecido y hablamos con naturalidad durante algunos minutos.

Al llegar a casa se lo comenté a mi esposa y me dijo que estaba equivocado, que el fallecido era un hermano suyo. A mí, sin embargo, no se me quitó de la cabeza la impresión de haber estado hablando con un muerto. Y me gustó, si quieren que les diga la verdad.

dilluns, 8 de desembre del 2008

Los zapatos del muerto

LOS ZAPATOS DEL MUERTO

Ha bajado la venta de joyas, pero ha subido su alquiler. Suena raro lo de alquilar joyas. Hay algo turbio en esa actitud. En cierta ocasión no tuve más remedio que acudir a una cena de etiqueta para la que carecía de esmoquin. Algunos amigos que ya habían pasado por semejante trance me recomendaron que lo alquilara. Pero me daba aprensión, como ponerme las prendas de un muerto. La ropa tiene una capacidad tal de absorbernos el alma, o una porción de ella, que me parecía que si iba a aquella cena con un traje alquilado, el premio que me tenían que entregar lo recibiría otro. Finalmente decidí comprar el esmoquin, aunque no volviera a usarlo nunca. Desde entonces cuelga, como un ahorcado, de la percha de un armario donde conservamos la ro pa que no nos volveremos a poner, pero de la que no sabemos cómo deshacernos.

Dirán ustedes que los establecimientos de alquiler de prendas de etiqueta llevan al tinte la ropa cada vez que es usada. Cierto, pero el tinte quita las manchas, no el alma. El alma no sale ni con lejía. Un tejido impregnado de alma es más difícil de limpiar que la tinta del bolígrafo. Recuerden ustedes aquel traje de chaqueta de Monica Lewinsky que al cabo de los meses todavía conservaba, junto a la identidad de la propietaria, el aroma del semen de Clinton. Hay prendas con dos identidades. Aquélla era una de ellas. Y no decimos nada de los zapatos, porque si hay alguna prenda de vestir que conserva los vicios de su primer dueño es ésta. Si usted se pone las botas de un patizambo, caminará como él, sin duda. Y si se pone las zapatillas de un zurdo, se levantará con el pie izquierdo.

Hay algo turbio, decíamos, en el hecho de alquilar una joya para dar el pego. ¿El pego de qué? ¿De que es usted una persona rica? Percibiríamos también esa turbulencia insana en alguien que alquilara unos harapos para parecer pobre. Si no tiene usted joyas de verdad, vaya con las de bisutería, que las hay magníficas. Si no está acostumbrado a los harapos, vístase de clase media. Pero no trafique usted con almas, por favor, que a eso es a lo que se dedica el diablo, especialmente en las fechas tan señaladas que se nos vienen encima.

divendres, 5 de desembre del 2008

El capitalismo

EL CAPITALISMO

Mi cuñado propuso que brindáramos por la defunción del capitalismo, como suena, y por el regreso de Marx, que estaba al caer. Pero si el capitalismo ha muerto, dije yo, por qué Botín tiene tan buen aspecto. Me miró con un poco de lástima, como si yo fuera un pesado al que hubiera que explicarle todo siete veces, y me acusó de anticlerical anarcoide (siempre me llama anticlerical anarcoide, venga o no a cuento). Luego dijo que le pusiera otro gin tonic con menos hielo, para que no se le aguara. Cuando regresé con la bebida le pregunté por qué continuábamos comiendo sardinas si el capitalismo había muerto y dijo que porque eran buenas para el colesterol, como todo el pescado azul. Yo seguía sin verlo claro. El capitalismo había tropezado, de acuerdo, pero quienes se estaban dando de bruces contra el suelo éramos nosotros. De todos modos me callé, para no discutir. Al rato, y dado que me miraba de forma retadora, como invitándome a que continuara despejando mis dudas, le pregunté si aboliríamos por fin la propiedad privada (mi cuñado tiene un apartamento en Torrevieja, además del piso de Madrid), y me dijo que no, que evolucionaríamos hacia un modelo mixto de socialismo y economía de mercado, como los chinos. Entonces, por decir algo, dije que los chinos no tenían derechos humanos. Derechos humanos, derechos humanos, repitió él haciéndome burla, qué tendrá que ver la gimnasia con la magnesia, estamos hablando de economía, chaval, no de mariconadas, y esta ginebra es una mierda. La ginebra era normal, ni cara ni barata. Además, sólo la compraba por él, porque yo no bebo. En esto, entró mi mujer y preguntó de qué hablábamos. Del hundimiento del capital, dije yo, y de la abolición de la propiedad privada. Pues dejadlo para luego, dijo ella, y preparad la mesa, que está a punto de salir la primera tanda de sardinas.

Maná

MANÁ

Suena el despertador, pero decido darme un día de vacaciones porque me encuentro flojo (no mal, flojo). Afuera hace un día desapacible, de frío y lluvia. Acaban de decir por la radio que quizá nieve. Apago el aparato, me cubro hasta las cejas y me doy la vuelta, cayendo enseguida en un estado cercano al sueño, aunque sin llegar a él. Siento una gran relajación muscular y penetro en la dimensión de la cámara lenta. Imagino un mundo en el que todo funciona a menos revoluciones por minuto de las habituales. En ese mundo no hay crispación porque no hay forma de compatibilizar la agresividad con la lentitud. Resulta imposible ser violento si haces las cosas despacio. En ese mundo lánguido, pausado, flemático, las personas se ceden el paso todo el rato. Los automóviles más apreciados, y quizá los más caros, son los que corren menos. Tenemos todo el tiempo del mundo para hacer las cosas, tenemos toda la vida para ir de acá para allá. ¿Por qué correr?

En ese estado de relajación total en el que me encuentro, comienza de repente a suceder algo extraordinario. Con los ojos cerrados, veo caer sobre mi cabeza una lluvia de ideas a las que me acerco perezosamente. Las olisqueo, las valoro. Me trago unas y otras no. Una vez en el estómago, comienzo a realizar una digestión absolutamente productiva. Me pregunto de dónde vienen esas ideas que llueven sobre mi cabeza como un maná. Pero no logro averiguarlo. Lo único evidente es que no las produzco yo. Llueven sobre mí y me alimento de ellas. En apenas media hora he resuelto el final de un cuento que tenía atascado, he apuntado mentalmente una idea para una conferencia, y se me ha ocurrido (es un modo de hablar, pues no se me ha ocurrido: me ha ocurrido) un argumento para una pieza de teatro.

Al mediodía, me levanto perezosamente. Me abrigo y salgo al jardín para dar de comer a los peces, que están medio aletargados por el frío. Acuden a la comida con una lentitud invernal. Antes de metérsela en la boca, la huelen como yo en la cama olía los pensamientos venidos de no sé dónde. Quizá se pregunten quién les envía aquel maná.

dimecres, 3 de desembre del 2008

Cálculos erróneos

CÁLCULOS ERRÓNEOS

Si yo hubiera estado en la posición de Esperanza Aguirre, habría huido, como ella. Pero yo soy un cobarde. Por eso no aspiro a ser presidente del Gobierno. En algunas cuestiones conviene decir las cosas de forma rápida, para no perdernos en disquisiciones inútiles. Vamos allá: ¿Qué habríamos pensado de un general que hubiera actuado como la presidenta de la Comunidad de Madrid? ¿Qué habría pensado él de sí mismo? ¿Cómo sostener que hizo lo correcto o contemporizar con los consabidos «todos somos humanos» o «en tales circunstancias nadie sabe cómo actuaría»? Un general debe saberlo y Esperanza Aguirre era la generala de aquella delegación. ¿Imaginan ustedes qué se estaría diciendo de Rodríguez Zapatero si en las circunstancias de Aguirre hubiera actuado como ella? Lo imaginan, sin duda, y yo también, además de suscribirlo.

Pero es que luego está el asunto de la rueda de prensa en plan sainete. ¿Puede una persona (humana) con responsabilidades estatales presentarse públicamente de ese modo y soltar ese discurso? No puede, claro que no puede. Lo puedo hacer yo, que además de cobarde carezco de sensatez política. Mientras ella, con sus calcetines y sus zapatos de atrezzo contaba en plan telenovela que había pisado sangre con los pies descalzos, 50 ó 60 compatriotas estaban en una situación realmente apurada, de la que no sabían si saldrían vivos. En cuanto al Gobierno indio, aún ignoraba de dónde procedía el ataque y cómo combatirlo, pues no estaba descrito en los manuales convencionales de terrorismo.

¿Dónde estaba la prudencia política que cabía esperar de una dirigente? En ninguna parte. A la presidenta de Madrid sólo le faltó quitarse los zapatos y los calcetines de atrezzo para mostrar la sangre que ensuciaba la planta de sus pies.

Todos sabemos que a Aguirre la esperaba en el aeropuerto un ejército de asesores y de ayudantes con ropa limpia y champú. Si prefirió salir sucia, fue porque quería montar el número. Y lo quería montar porque hizo cálculos acerca de la popularidad que le reportaría la actuación. Sólo que le salieron mal.

dilluns, 1 de desembre del 2008

¡Qué curioso!

¡QUÉ CURIOSO!

No sé si la crisis nos ha enseñado algo de economía, pero nos está haciendo expertos en fontanería. Antes creíamos que el dinero se movía por donde le daba la gana, como el aire, y resulta que no, que circulaba por unos conductos muy semejantes a aquellos por los que se distribuye el agua. A veces, esos circuitos goteaban por una juntura y el dinero llegaba a donde no debía, y a veces había circuitos paralelos y clandestinos, por los que corría el dinero negro. Pero incluso los circuitos ilegales estaban sometidos a cierta regulación (la delincuencia es un Estado paralelo). Lo que ha ocurrido es que esos circuitos se han vaciado de repente. Golpeas las tuberías y suenan a hueco. Si las abres, aparecen llenas de telarañas. No es que haya un tapón, sino que el dinero disponible está quieto, ignoramos dónde.

Las inyecciones de capital, por parte de los gobiernos, a las tuberías no tienen otro objeto que el de animar al dinero a que salga de donde se encuentre y se incorpore al torrente circulatorio. Aunque la instalación es muy compleja, hay dos puntos de esa red de cañerías esenciales para el buen funcionamiento del sistema: el del consumidor y el del productor de bienes (los llamamos así, bienes, para ahorrar pensamiento). Si el consumidor no gasta, el fabricante de coches se come su producción, además de no llegarle el dinero para seguir fabricando. Entre el consumidor y el productor de bienes hay multitud de circuitos menores, de codos y recodos por los que el dinero hace de las suyas. Pero también esos codos y recodos se han quedado secos. Soplas en el grifo y suena a instrumento de viento. Lo que no sabemos es si el soplido llega a Bilbao o a Wisconsin, pues la globalidad consiste en que todas las tuberías del universo mundo permanecen interconectadas.

Cuando uno lee las cantidades que el gobierno de EE UU está inyectando a las tuberías, se le ponen los pelos de punta, pues no sabe ni pronunciarlas. Los resultados, sin embargo, no se aprecian. Unos piensan que la solución está en bajar los impuestos y otros en dar dinero directamente al consumidor, a ver si se anima. Las dos soluciones son básicamente la misma. Pero abres el grifo y sigue sin caer una gota. Qué curioso.