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diumenge, 11 de juny del 2006

Un sanatorio

UN SANATORIO

Popularizar una expresión constituye un modo de legalizar su contenido. Dices vuelos secretos de la CIA y no te imaginas la carga de significado que hay detrás de esas cinco palabras. No ves a la gente secuestrada en su interior, con los ojos tapados. Te dicen que los vuelos secretos de la CIA formaban una red sobre el cielo europeo y ni se te pasa por la cabeza que ese avión que tu hijo señaló con el dedo, después de que lo recogieras del colegio, iba cargado de carne humana maniatada, un poco tumefacta por los golpes. No se te ocurre que quizás allá dentro vaya un individuo al que secuestraron en una calle de Berlín, o de Madrid, porque era un poco moreno o porque se llamaba Alí. Aunque también te pueden secuestrar si te llamas Ricardo y eres rubio. Ya no hay pautas de comportamiento. Nunca las hay en el terrorismo, ni siquiera en el terrorismo de Estado. Y no estamos hablando de un Estado o dos, sino de catorce. Unos colaboraron y otros miraron para otro lado. El terrorismo de Estado se ha globalizado para abaratarlo moralmente. Cuestión de sinergias.

El caso es que dices cárceles secretas de la CIA y tampoco eres consciente del horror que hay en cada una de esas palabras. Cárceles secretas de la CIA. Se digiere mejor que un yogur. Vuelos secretos de la CIA, cárceles secretas de la CIA. Antes de llegar al estómago se han disuelto. Además, no nos engañemos, están contaminadas por la aureola negra del espionaje. Pues bien, estas cárceles secretas son sótanos perdidos en edificios oscuros de Polonia o Rumanía, entre otros países europeos, en los que se aplican tormentos espantosos a personas que, con frecuencia, dio la casualidad de que pasaban por allí. Pero es que aunque no hubieran pasado por casualidad, tampoco son maneras.

Deberíamos hacer el esfuerzo de espantarnos un poco, en fin, frente a noticias tan poco tranquilizadoras. Después de todo, usted o yo podemos ser los próximos. A la vista de los casos que han salido a la luz, no hay nadie a salvo de los servicios de inteligencia norteamericanos, que cuentan con la complicidad de gran parte de los países europeos. Te vas acostumbrando, te vas acostumbrando y al final Guantánamo parece un sanatorio.

dissabte, 10 de juny del 2006

Los tiempos cambian

LOS TIEMPOS CAMBIAN

Cada vez que compro el periódico me ataca una impresión contradictoria: la de tener entre mis manos un artefacto que es, simultáneamente, nuevo y viejo. El periódico de papel con el que desayunamos cada día no es ya un producto de nuestro tiempo, pero continúa resistiendo de forma milagrosa, bien es verdad que a costa de regalar vajillas o patinetes. A veces, llega uno a casa con la impresión de que el diario es la coartada moral para vender productos que nada tienen que ver con él. Hace poco, un periódico de circulación nacional te regalaba un cruasán (un poco seco, la verdad). Yo lo compré un par de veces, para ver qué se sentía, y en lugar de leer el periódico y comerme el bollo, leía el bollo y me comía el periódico. Pero yo soy un usuario antiguo de la prensa, un vicioso. Si a las 9 de la mañana no me he metido al cuerpo tres o cuatro diarios, estoy fuera de mí. Las noticias impresas, aun cuando informan de catástrofes, actúan como verdaderos ansiolíticos.

Quizá debiera decir que actuaban. En la actualidad, paso sus páginas con la impresión de que todo lo que leo es muy antiguo. Lo que me cuenta el periódico a las 8 de la mañana me lo ha contado la radio a las 7. Además, como he adquirido la costumbre de dar un paseo por la Red nada más levantarme, mi nivel de información es incomparablemente mejor que el del diario de papel. Hay primeras páginas que, pese a no tener más de tres o cuatro horas de vida, parecen del siglo pasado. Todo va a tal velocidad que ayer era el siglo pasado. Muchos días vuelvo a casa, más que con un periódico, con un cadáver debajo del brazo. ¿Y quién se come un cruasán servido por un cadáver?

Cuando observo los cambios que ha experimentado el mundo en sólo 15 años (el fax, un aparato mágico, ha nacido y muerto en este breve periodo de tiempo), no me cuesta nada imaginar que quizá dentro de diez años no exista ya el periódico de papel, a menos que sea capaz de reconvertirse. ¿Pero reconvertirse en qué? Tal es el problema y tal es el reto. De momento, la venta de periódicos ha descendido a lo largo de 2005 en EE UU y Europa. Las alarmas comienzan a sonar. Hagan algo.

divendres, 9 de juny del 2006

Mal asunto

MAL ASUNTO

Escucho a los detractores de Chávez con la misma distancia que a sus apologistas. No he logrado, lo siento, construir un criterio propio sobre el presidente de Venezuela. En vez de eso, dispongo de la caricatura que él mismo se empeña en construir cada vez que abre la boca. Ahora ha decidido acabar con "la dictadura de Hollywood" creando unos estudios cinematográficos que producirán películas sobre los grandes héroes venezolanos. Chávez ha apoyado su decisión en ideas de manual (y de todo a cien) tales como que el cine constituye una forma de dominación ideológica, ya que es el vehículo a través del que se inoculan los modelos de vida estadounidenses. Por eso, ha añadido, los indios, en las películas del Oeste, son siempre los malos. Acaba de descubrir América.

Conmueve encontrar temperamentos tan inocentes. La pretensión de acabar con Hollywood, o de neutralizarlo, desde un país sin industria cinematográfica es un delirio. Promocione usted el cine de su país, pero no le imponga una tarea tan difícil. Es como si ordenara crear una religión netamente venezolana para competir con el Vaticano. O una novelística del siglo XIX, para acabar con la tiranía de la novela europea de ese siglo. Madame Bovary es un modelo jodido, de acuerdo, a través del que se inocula el modo de vida francés, pero es improbable que acabara con ella un novelista venezolano de nuestra época, aun haciendo horas extras. Con todos los respetos, tampoco le aconsejo, señor presidente, que intente inventar las salchichas de Francfort, aunque sea con el noble fin de acabar con la tiranía alemana de los productos cárnicos.

Piense usted en áreas menos explotadas, o donde hayan fracasado otros. El socialismo, sin ir más lejos, está por hacer. Y no debe ser fácil a juzgar por el talento de la gente que lo ha intentado a lo largo de la historia. Te pones a hacer el socialismo y al principio parece sencillo, sobre todo si has leído a Marta Harneker. Pero después de los primeros pasos, el manual de instrucciones no sirve para nada. Entonces es cuando un funcionario trepa, listo y con gafas nos convence de que lo primero es acabar con Hollywood, o con la novela francesa del XIX. Mal asunto.

dimarts, 6 de juny del 2006

La plaga

LA PLAGA

Cuando la nueva generación de pesticidas, insuficientemente experimentados, acabó con las moscas, la palabra mosca ocupó su lugar resultando más molesta que el insecto desaparecido. Dicho vocablo zumbaba por las habitaciones durante el verano, golpeándose contra los cristales de las ventanas, en los que dejaba una mancha de tinta difícil de limpiar. La palabra mosca se posaba también en la encimera de la cocina, cerca de los alimentos, y en la frente de los enfermos. Acudía a los cadáveres con una diligencia sorprendente, donde depositaban sus larvas. Y sólo se podía eliminar por medios mecánicos, pues los químicos no le afectaban. Las había de todos los tamaños, aunque las más molestas pertenecían a la familia tipográfica Times y se presentaban con un cuerpo 13, en negrita (mosca), lo que las hacía más repugnantes.

Cuando la plaga alcanzó un punto insufrible, alguien sugirió que se quitaran del alfabeto las letras de que estaba compuesto el término mosca. Pero la idea se desechó enseguida, habida cuenta de que la desaparición de la eme, la o, la ese, la ce y la a atacaría a la estructura de la lengua. Las palabras caso y cosa, por ejemplo, desparecerían por completo, pero otras como mano y boca quedarían gravemente mutiladas. Un presentador de televisión muy aficionado a la expresión «por antonomasia» llevó adelante la campaña que evitó lo que sin duda habría sido un desastre lingüístico. De modo que nos tuvimos que resignar a la invasión de la palabra mosca, a la que se sumó muy pronto la de moscardón, que, aunque tardó más en extinguirse, también desapareció, siendo sustituido por su término.

Hace poco fui al médico para que me mirara una especie de hormigueo que venía sintiendo en las piernas. El doctor me recetó unas pastillas con las que desapareció. Pero ayer estaba observando cómo copulaba una mosca con un moscardón sobre el brazo del sofá, cuando volví a sentir el hormigueo. Al ir a rascarme, tropecé con la palabra hormigueo subiéndome por las piernas. Estaba compuesta de itálicas, del cuerpo ocho. Me temo que esto no ha hecho más que empezar.

diumenge, 4 de juny del 2006

Un pedazo de pan

UN PEDAZO DE PAN

El otro día, mira qué bien, encontraron en Colombia una rana que se creía extinguida. Fue como coincidir en el ascensor con un vecino al que se creía muerto. O como encontrar una bolsa de galletas en el fondo del armario, cuando estabas convencido de que se habían agotado las existencias. Ya tenemos una rana que llevarnos a la boca, porque lo más probable es que nos la comamos, si no entera, por partes. Un día, en un bar, confundí un anca de rana con una gamba con gabardina y me la comí. Todavía tengo atravesado su sabor en la conciencia. Fui, de niño, un cazador de ranas. Nos fascinaban esos bichos porque se parecían a los sueños: eran gelatinosos, escurridizos, difíciles de interpretar. Muchas veces, te metías una rana en el bolsillo y al llegar a casa, o sea, al abrir los ojos, ya no estaba. Un compañero de colegio que murió en primero de bachillerato se reencarnó en una rana. Nos pasábamos la tarde jugando con él –ahora ella- y juro que tenía sus ojos, su boca, casi su voz. Y le gustaba meterse moscas en la boca, como cuando era niño. Las ancas de rana deberían estar prohibidas.

Tal vez la rana que han encontrado en Colombia no estaba extinguida, sino oculta. El mejor modo de librarse del hombre es hacerle creer que no existes. Al menos por ahora, porque cuando acabemos con lo existente empezaremos a comernos lo inexistente. Si yo fuera rata (y no hagan chistes fáciles), propondría a mi especie el fingimiento de una extinción masiva. Para poder vivir en paz. Cada vez que entro en un laboratorio siento más piedad por los roedores. Hay teorías según las cuales el hombre del Neardental, que era un pedazo de pan en relación al sapiens, se ha hecho el muerto para que no nos metamos con él. Todo es posible. Phil K. Dick aseguraba, con datos en la mano, que los alemanes ganaron la Segunda Guerra Mundial, aunque nos hicieron creer que la habían perdido para que la victoria resultase más eficaz. Y eficaz sí ha sido: miren cómo está el mundo. Felicito efusivamente a los científicos que han dado con la rana extinguida, pero a ella le ruego que no confiese, ni bajo tortura, dónde está el resto de su familia.

divendres, 2 de juny del 2006

Bidé

BIDÉ

Pongamos una palabra cualquiera, la primera que se nos venga a la cabeza: Pañuelo, ya está. No la he buscado yo, lo juro, se me ha metido dentro, como un ratón por un agujero, y ha vuelto a salir por la yema de los dedos, al golpear las teclas del ordenador. Lo que quiere decir que las palabras vienen a por nosotros todo el rato. Son el único invento del hombre al que no es preciso ir a buscar (al contrario, por ejemplo, del dinero). Vas por la calle y no te sale al paso un solo billete de cien euros (ni siquiera una moneda de uno), pero las palabras te atraviesan como agujas de hielo, procedentes de lugares misteriosos. En el tramo que hay de tu casa al quiosco de periódicos, te han asaltado no menos de cincuenta o cien palabras: Café, nubes, calor, hijos, vacaciones, árbol, dolor, mamá, hígado, médico, análisis de sangre.

Lo curioso, como digo, es que no es necesario buscarlas. Te tienes que esforzar, sí, en ganarte la vida, pero las palabras, de momento, son gratis. Cierto que no se te puede ocurrir una palabra que no conozcas previamente. Es muy raro que a alguien sin estudios se le aparezca el término hipotenusa, por ejemplo. Pero una vez que habéis sido presentados la palabra y tú, ella volverá, tarde o temprano volverá. Quizá en sueños, o el lecho de la muerte. A lo mejor es lo último que dices antes de expirar. Hipotenusa.

Siendo así, ¿por qué los escritores se pasan el día buscando palabras? Pues porque vienen de cualquier modo, como si a un albañil se le aparecieran mezclados los materiales de construcción. Un conjunto de palabras sueltas no son una oración. Un conjunto de ladrillos sueltos tampoco son una casa. Hay que colocarlos de manera que den lugar a un cuarto de baño. La ventaja de las palabras, frente a los ladrillos, es que sugieren. Si yo digo «el bidé tenía una mancha de sangre», usted ve un cuarto de baño entero, lo cual es increíble porque yo no he dicho que el bidé con sangre estuviera en un cuarto de baño. De hecho, me refería a uno que vi hace poco en un vertedero. Las palabras provocan malentendidos todo el rato. ¿Que a cuento de qué venía todo esto? No sé, yo había salido a comprar el periódico y las palabras me asaltaron.

Horóscopo

HORÓSCOPO

Empiezo los periódicos por el final y desde ahí avanzo trabajosamente (cada día más) hacia la primera página. He llegado a esta situación inversa poco a poco, casi sin darme cuenta, lo que no deja de asombrarme. ¿Qué ha provocado este distanciamiento progresivo entre mis intereses y los de los editores? A veces, estoy haraganeando en el horóscopo y me ataca un sentimiento de culpa. Dios mío, me digo, si hubiera hecho el camino correcto, ahora estaría en el editorial. El problema es que no he dado todavía con un editorial que me explicara mejor que el horóscopo por qué el precio de la vivienda, un ejemplo al alcance de todos, es completamente irreal. Vivimos con la idea de que la realidad está dirigida por el discurso sesudo de los editoriales, pero el mundo parece construido por el loco que escribe los Ecos de Sociedad, o las necrológicas.

Ahí tienen los casos de Afinsa y Fórum, perfectamente incompatibles con el tono intelectual de la parte de delante de la prensa, aunque muy explicables desde las historietas delirantes de la parte de atrás. A ningún lector atento de anuncios por palabras puede extrañarle que ocurran tales disparates. Lo raro, créanme, es que no haya más Afinsas. Uno, que no es analista financiero ni nada semejante, ha comprobado que la realidad, tal como la conocemos, no es el producto de un cálculo, sino de una alucinación. A ver, si no, cómo le explicaríamos a un marciano que, habiendo en España tres millones de viviendas vacías, continúen por las nubes. Están por las nubes porque vivimos dentro de un sueño especulador. Cada vez que despertamos de ese sueño, la realidad hace un reajuste, para cuadrar los números. ¿Qué diferencia hay entre comprar un sello a un euro y venderlo a mil, y comprar un piso a cien y venderlo a cien mil? Mañana mismo, en fin, podría ocurrirle al mercado inmobiliario lo que le ha ocurrido al de los sellos.

La realidad, cuando despierta, ataca, como el león, al ciervo más débil de la manada. Ahí están Marbella, Gescartera, Afinsa, Fórum... ¿Por dónde embestirá la próxima vez que suene el despertador? ¿Por las hipotecas? ¿Por los planes de pensiones? Si de verdad quiere usted saberlo, lea los anuncios por palabras. Y las necrológicas.