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dimarts, 9 d’agost del 2011

Una historia paralela

UNA HISTORIA PARALELA

Es canibalismo que un libro se coma a otro? Quizá sí. Y sucede con más frecuencia de la que creemos. De hecho, la historia de la literatura es la de una digestión infinita de sí misma. Si uno fuera un lector lo suficientemente perspicaz, vería en el estómago de cada obra restos de las obras anteriores que le sirvieron de alimento. Pero los libros, además del canibalismo, practican la endogamia. Quiere decirse que copulan incesantemente padres con hijos y hermanos con hermanas, lo que provoca un deterioro fácil de demostrar. ¿Por qué creen ustedes que hay tantos libros tontos? Por eso mismo, porque proceden del ayuntamiento de otros volúmenes que llevan generaciones y generaciones sin una aportación genética novedosa.

Los libros tontos, producto del canibalismo literario y de la endogamia retórica, tienen sin embargo mucho éxito. De hecho, son los más solicitados, los que mejor se venden, los que más satisfacciones económicas proporcionan al editor y a los autores. Cabe preguntarse por qué y cabe responderse que quizá tenemos nostalgia de la época en la que nos devorábamos unos a otros y en las que no distinguíamos a la madre de la vecina ni al hermano del extranjero. Hubo una época, anterior sin duda a la cultura, en la que las cosas eran así. Quizá al leer un libro con pocas luces, resultado del cruce entre padres e hijos o hermanos y hermanas, reconozcamos el sabor de la carne propia y los olores del hogar. Sé de lo que hablo porque yo mismo disfruto del placer enfermizo que constituye la lectura de esos volúmenes. Pocas tardes más felices que las pasadas en el sillón de orejas (esa especie de útero), entregado a la lectura de algo que se reconoce como propio.

Digo todo esto a propósito de una noticia reciente según la cual las mujeres neandertales evitaban la endogamia sin que tuvieran un conocimiento consciente de ella. Al alcanzar la edad propicia para la cópula, y corriendo el riesgo de ser canibalizadas, abandonaban el grupo familiar en busca de material genético nuevo. Se pregunta uno dónde están los libros neandertales, quién los publica, cuánto cuestan. Pero, sobre todo, se pregunta uno si hay una historia paralela de la literatura, todavía sin escribir, formada por estos libros.

El reino de la información

EL REINO DE LA INFORMACIÓN

Las noticias absurdas no tienen, en principio, menos calidad de noticia que las noticias lógicas. De hecho, el grado de noticiosidad de un suceso es directamente proporcional a la cantidad de absurdo que contenga. De ahí la máxima periodística del hombre que muerde al perro y todo eso. Quiere decirse que el reino de la información debería ser el del desatino, y en cierto modo lo es. El hecho de que un hombre muerda a un perro, sobre todo si es un dóberman, contiene cierta gracia, incluso cierto grado de justicia poética (o prosística, ahora no caigo), pero que un contribuyente asesine a su madre y se meta en la cama con su padre, aun resultando excepcional (lo normal es lo contrario), pone los pelos de punta al lector de prensa escrita más avezado que quepa imaginar. Viva el absurdo, pues.

Cuando uno llega al quiosco a las siete de la mañana, paga un euro y pico para que le informen sobre la realidad, especialmente sobre la realidad deforme (sobre los hombres que muerden a los perros). Con la realidad formal tropezamos hasta en la sopa, o hasta en la ensaladilla rusa, como prefieran. No nos cuenten ustedes, pues, cómo es nuestro jefe de departamento, ni cómo es nuestro cuñado. Al primero lo vemos todos los días del invierno y al segundo lo sufrimos a lo largo del verano (hemos alquilado el apartamento de la playa con él). Háblennos, en fin, de cosas excitantes. No nos expliquen cómo funcional los semáforos, de los que tenemos más información de la que necesitamos, ni de que acaba de nacer un niño con cuatro extremidades. La mayoría de los recién nacidos tienen cuatro extremidades. Nos conmueven los bebés con cuatro brazos, o con tres piernas, como el gato del refrán. De ahí el interés que despiertan las cármenes lomanas y cía., que son capaces de ganarse la vida sin cerebro.

Ahora bien, una cosa son las noticias absurdas y otra muy distinta las incomprensibles. Es cruel llenar un periódico entero a base de la deuda soberana de los EE UU. Si los editorialistas no son capaces de explicar la relación entre esa deuda y el precio de la sombrilla en Benidorm (y parece que no), que se dediquen a otra cosa. Hemos renunciado a entender el mundo. Pero que al menos nos hagan gracia sus sucesos.

dilluns, 8 d’agost del 2011

Desmayos reparadores

DESMAYOS REPARADORES

Para algunas culturas la muerte no es un hecho cerrado definitivo. En Bailando sobre la tumba, Nigel Barley cuenta que en cierta ocasión preguntó a un dowayo por su mujer. «Murió anoche», respondió el hombre con naturalidad. En ese momento, Nigel Barley vio a la muerta avanzar por el camino, recogiendo hojas de un lado y otro.

En realidad, se había desmayado, pero en esa cultura llamaban muerte al desmayo, de modo que la gente fallecía y resucitaba como el que entra y sale de una habitación. No había una frontera clara, en fin, entre el más allá y el más acá. Se podía ir y regresar, como debe ser. Piensa uno que los ritos de muerte y renacimiento guardan alguna relación con esa idea. Hay que morir, siquiera sea simbólicamente, para volver a vivir. La muerte deviene así en una especie de descanso.

En cierto modo, los períodos de vacaciones equivalen a un fallecimiento atenuado. Los cuerpos, en la playa, tienen algo de seres de otro mundo, sobre todo al principio, cuando conservan la blancura invernal, la extrañeza frente a la desnudez propia y ajena. Cada una de las personas con las que uno se cruza en la orilla del mar, vistas a esta luz, son auténticos aparecidos, gente que se encuentra fuera de su lugar natural: muertos. Muertos que a primeros de septiembre resucitarán en su ciudad de origen.

La muerte, como el sueño, es un descanso. Morimos mil veces a lo largo de la vida para ser capaces de volver a nacer. Esa persona que deja de afeitarse durante cuatro días ha cedido a la tentación de morir, aunque sea un poco, para retomar el placer de salir luego a la calle perfectamente rasurado. Las enfermedades, en la medida en que nos obligan a abandonar nuestras ocupaciones de siempre, constituyen un pequeño óbito.

La convalecencia simboliza el renacimiento. Quienes sufren lipotimias con alguna frecuencia aseguran que al salir del desmayo tienen la sensación de estrenar el cuerpo, la vida, la realidad. Ahora bien, una cosa es la muerte y otra la agonía. Y lo de estas vacaciones no está siendo un desmayo reparador, sino una congoja permanente.

Y es que también hay que descansar de la prima de riesgo y del acoso de los mercados y de los planes de rescate. Quiere decirse que al telediario le vendrían muy bien unas vacaciones, incluso una muerte súbita.

diumenge, 7 d’agost del 2011

Sobre la culpa

SOBRE LA CULPA


El pecado original, si lo piensas, es un gran invento, uno de los más grandes de la humanidad. El pecado original significa que venimos al mundo debiendo algo a alguien, como si naciéramos ya con la hipoteca firmada. Observando a un recién nacido, sobre todo si es de la familia, podría parecernos mentira que estuviera entrampado. Pero si la idea de esa culpa fundacional ha prendido con tanta fuerza, es porque es cierta. No cierta a la manera literal en que se describe en la Biblia, aunque perfectamente metaforizada en la transgresión de Adán y Eva. Algo nos ha ocurrido, ignoramos dónde o cuándo, que justifica esta sensación de deberle dinero a alguien. Tampoco hay que descartar, desde luego, la posibilidad que nos sintamos culpables al modo en que se siente sucio, por ejemplo, el niño del que abusa un adulto. Por raro que parezca, es muy frecuente que la víctima piense mal de sí misma.

Aceptemos esta segunda posibilidad: la de que en realidad los culpables son otros y nosotros sus víctimas. Esto justificaría el afán de transgresión que nos habita desde lo del árbol del conocimiento del bien y del mal. La transgresión está bien vista porque constituye un modo de decir que no somos culpables. Gracias a la transgresión existen la literatura y la pintura y el cine y el arte en general. Decir de un poema que es transgresor resulta redundante porque tal debe ser su naturaleza. Transgresión significa, en alguna medida, anormalidad. Ni Baudelaire ni Verlaine, por citar la pareja habitual, fueron normales.

La anormalidad fue su premio (dejaron una obra importante) y su castigo (sufrieron más que el jefe del departamento contable de una empresa de cementos). Si Adán y Eva hubieran sido normales, no conoceríamos a Dios, no al menos su lado más cruel, su costado sádico.Así vivimos, entre la normalidad y la anormalidad. Mi amigo Gonzalo Suárez (que es anormal en el sentido del que venimos hablando) me decía en un encuentro reciente que la normalidad es una conquista del ser humano. ¡Cuánta razón tiene!, pensé. Aún así, él y (supongo que yo) volveríamos a dejar tentarnos por la serpiente. De ahí nuestro sentimiento de culpa etcétera.

divendres, 5 d’agost del 2011

Juegos de palabras

JUEGOS DE PALABRAS

Leo que la expresión "encarnizamiento terapéutico" está siendo sustituída en los centros de tortura donde aún se practica por esta otra: "obstinación terapéutica". Entiendo que en el encarnizamiento hay placer mientras que en la obstinación solo hay cabezonería. Debe ser eso, ¿no?, que los que descargan su sadismo contra las personas agonizantes han temido que se les viera la oreja.

-No es que disfrutemos, es que somos muy obstinados y cuando se nos mete una cosa en la cabeza no hay manera.

La última hazaña de la "obstinación terapéutica" tiene lugar en la localidad madrileña de Leganés, donde han amarrado a una anciana a la vida como el que amarra al potro de tortura a un detenido. La víctima, de 91 años, está ciega, sorda y demente. Pasa el día encamada y con las manos atadas, para que no se pueda ni rascar ni arrancarse los tubos. Por supuesto, tiene úlceras en diversas partes del cuerpo. Pero se resisten a retirarle las sondas y a aplicarle cuidados paliativos, que es lo que corresponde, por mera "obstinación terapéutica". Se han empeñado en que la pobre mujer sufra y como son fanáticos de la obstinación, ahí tienen a la anciana, igual que en los tiempos de la inquisición a los herejes.

El acierto, ya decimos, consiste en dejar de llamar a las cosas por su nombre. Según la asociación Derecho a Morir Dignamente, hay miles de casos como el de la moribunda citada en hospitales y residencias de nuestro país. Quiere decirse que conviene quitarse de en medio cuando uno todavía tiene fuerzas para hacerlo. De otro modo, corres el peligro de caer en manos de gente obstinada que te amarra a la vida como el que te ata a un poste para servirte cien azotes. La vida es dura, ya lo sabemos, pero la muerte se está poniendo insoportable. Hay personas que trabajan a destajo en el negocio de la obstinación (antes encarnizamiento). Inventan sin pausa correas nuevas, sondas nuevas, agujas nuevas.

Una vez en manos de esta gente, atado de pies y manos a la cama, no hay forma de evitar que te metan tubos por las narices y agujas por los brazos y sondas por el culo.

Y no lo hacen por placer, ya decimos, sino por mera testarudez. Dios nos ampare.

dimecres, 3 d’agost del 2011

Lagunas

LAGUNAS

En Islandia se está estudiando la posibilidad de vender el tabaco en las farmacias, y sólo en las farmacias. Y con receta, claro. La idea que late bajo esta iniciativa es que el tabaquismo se trata de una enfermedad, así que facilitarlo en los bares equivaldría a expender los antibióticos en los puestos de pipas. Hay algo chocante en esta idea. También el alcoholismo es una enfermedad y nos resultaría raro tomarnos el gin tonic de media tarde en la botica. Para decirlo todo, sería estimulante. Ya me veo apoyado en el mostrador de la farmacia, entregando mi receta médica de gin tonic, que la licenciada (o licenciado) prepararía con esmero.

-¿Cuántos cubos de hielo?

-Cuatro, por favor.

Haga usted una carrera para acabar sirviendo copas. El caso es que el proyecto islandés incluye también la posibilidad de que el tabaco expedido en las farmacias no lleve marca. Que sea un genérico, vamos. Ahí se equivocan, pues aunque la sustancia principal del cigarrillo sea la nicotina, no tiene el mismo sabor la del Camel que la del Marlobor. Tampoco todas las ginebras ni todas las tónicas son iguales. Pero el concepto de genérico va ganando terreno en ámbitos distintos al de la farmacopea. De un momento a otro, si el ejemplo cunde, llegará también al mundo de los libros.

-Buenas, ¿podría darme una novela policíaca?

-¿La quiere de un autor concreto o le vale un genérico?

Y quien habla de una novela habla de una peli, de una pintura abstracta, de una fotografía. Por cierto, que el arte provoca también un tipo de adicción que quizá hiciera aconsejable venderlo así mismo en farmacias. No tiene sentido que autores como Verlaine o Rimbaud, por poner un ejemplo (o dos, ahora no caigo), se vendan en librerías. Su lugar natural es el del gin tonic i el tabaco, o sea, la farmacia. Lo que no sabemos es cómo sería el genérico de Las flores del mal o de Una temporada en el infierno. Quiere decirse que la idea del gobierno islandés, siendo buena, está todavía llena de lagunas.

dilluns, 1 d’agost del 2011

Escritura embalsamada

ESCRITURA EMBALSAMADA

Al contrario que en otros tiempos, en la actualidad se escribe para caducar, para morir. La literatura, que era un pasaje para la eternidad, ha devenido en un billete para la evaporación. Algunos libros duran en la mesa de novedades menos que una pastilla de ácido en la puerta de un colegio. Eso, que a primera vista parece doloroso, puede constituir también un acicate (qué rayos significará acicate). Jamás ha habido tantos libros muertos, llegan difuntos ya a las librerías. Como están maquillados, los compradores no se dan cuenta de que se llevan un cadáver. Hay libros momia de los que se tiran un millón de ejemplares, todos debidamente embalsamados. No me pregunten cómo se embalsama la escritura porque no tengo ni idea. Pero distingo un libro finado a dos kilómetros. Los libros muertos están escritos por escritores vivos al modo en que muchos libros listos salen de la cabeza de novelistas tontos. La vida está llena de contradicciones de este tipo. Hay más cordura en un frenopático que en una reunión del G-20.

Con la proliferación de los nuevos soportes de lectura, los libros devienen también en chatarra cósmica que gira por los cielos de la red. Como piratear un libro no cuesta nada, muchas tabletas electrónicas están llenas de títulos que jamás se leerán, de música que nunca se escuchará, de películas que etcétera. La abundancia, paradójicamente, está conduciendo a la escasez al modo en que la vida conduce a la muerte.

– Tengo todo el barroco musical en este trasto.

– ¿Y lo escuchas?

– Qué va, no me gusta la música clásica.

Parece una contradicción que la inmortalidad tuviera fecha de caducidad, pero lo único inmortal entre nosotros es la caducidad. Lo perenne era una fantasía loca. Por eso hay que escribir para la muerte. Cada palabra, cada frase, cada párrafo ha de ser, de aquí en adelante, un paso hacia el abismo. La única garantía que podemos ofrecer al lector es que al cerrar el libro será más viejo que antes de abrirlo. No hay estadísticas sobre la gente que se muere leyendo, pero servidor siempre ha leído muriéndose. O sea, lo que decíamos ayer.