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divendres, 23 de desembre del 2011

Paciencia de santo

PACIENCIA DE SANTO

Al mismo tiempo que las autoridades médicas aseguran que la homeopatía y las medicinas alternativas en general son un placebo, desde las autoridades financieras se lanza la idea de un nuevo producto laboral, el minijob, que es al trabajo lo que la acupuntura a los dolores de espalda: un placebo. Sale uno del minijob como del acupuntor, diciéndose qué bien, qué alivio, pero cuando llegas a casa has de tomarte un paracetamol o un ansiolítico porque ni las agujas han curado la enfermedad ni el minijob te ha solucionado la vida. Por si fuera poco, la palabra con la que hemos bautizado esta nueva modalidad de homeopatía laboral, minijob, lleva dentro de sí una contradicción gigantesca, pues para soportar lo que significa debemos llevar dentro un gran Job, el santo bíblico de la paciencia.

Otro placebo que alivia mucho las dolencias del espíritu y algunas cefaleas de origen nervioso es el consumo, el ir de compras. El problema es que sale por un ojo de la cara y ya no nos quedan ojos, que se los llevó la hipoteca o el último plazo del monovolumen. Así que lo del minijob estaría bien en una minirrealidad donde se practicara un miniconsumo. Una realidad, por ejemplo, en la que las tiendas tuvieran un metro de altura y en las que hubiéramos de entrar, lógicamente, agachados. Una realidad en la que hubiera una mininochebuena y un mininavidad y unos minirreyes magos. No es probable que el minijob funcione como una de esas reducciones de estómago gracias a las que uno se sacia con un par de aceitunas y un yogur.

Por el contrario, el minijob podría estimular las ganas de tener un trabajo como Dios manda, expresión que tanto le gusta utilizar a Rajoy. En el mundo de las falsificaciones y de la homeopatía han tardado mucho en encontrar el trabajo falso y el salario falso y el horario falso, pero aquí está, por fin, y en inglés, que es el idioma en el que en España se cometen todas las estafas. Échenle un vistazo, si no, a las empresas de la trama Gürtel o las fundaciones sin ánimo de lucro de Urdangarín. Parece que si una institución se llama De Goes Center Stakeholder Management SL no puede ser fraudulenta, ni tóxica. Pues el minijob lo reúne todo.

dijous, 22 de desembre del 2011

Crímenes de estado

CRÍMENES DE ESTADO

Lunes. El Museo de Cera es una de las instituciones más rápidas del Estado. Posee una agilidad que para sí quisiera el Ministerio de Hacienda en su lucha contra el fraude. Despidió de su nómina a Marichalar a la velocidad del rayo y llevó a cabo la expulsión a la vista de todos, en una carretilla idéntica a aquella en la que se sacaron de Salamanca los papeles de su famoso archivo. Muchos avances electrónicos, pero en España, para las cosas fundamentales, se sigue utilizando la carretilla. Ancestrales que somos. Ya entonces, cuando lo de Marichalar, nos preguntamos si un muñeco de cera cobra tanto como para acelerar de esa forma un ERE. No es que nos gustara el muñeco del duque, o lo que fuera, pero quizá habría sido más caritativo trasladarlo de sección y rebajarle el sueldo. En cambio, lo echaron y luego lo fundieron. Quizá con la misma cera obtenida de su fusión moldearon el muñeco de Urdangarín, ahora mismo no sabemos cuál de los dos entró a trabajar antes en el museo. En cualquier caso, los muñecos se reencarnan. En una vida pueden ser duques y en la otra bandoleros de Sierra Morena. He ahí las ventajas de la cera frente a la carne, que se pudre y no sirve más que para abono, coño. Ahora le ha tocado el turno a Urdangarín, pero con este yerno ha sido la institución más cariñosa. Lejos de retirarle la nómina, lo ha cambiado de negociado. Dicen que se encuentra ya en la sección de deportes, disfrazado con un chándal. He ahí un muñeco afortunado. La vida ha sido muy injusta con Marichalar.

Martes. Se pregunta uno si tienen sentido los museos de cera tras la invención del látex, que aporta mayor realismo y no precisa de tanto mantenimiento. Una vecina mía, de ocho años, juega en el portal con un muñeco de látex que pone los pelos de punta porque te lo crees de arriba abajo. Se trata de un bebé recién parido, con sus arrugas, sus ojos achinados, su cráneo ligeramente así… A veces pienso que la muñeca es ella, la niña, porque la calidad de su piel es muy inferior a la de su hijo artificial. Por otro lado, piensa uno también que la cera aporta lo cerúleo, una característica específica del cadáver humano. La cerulez, si me permiten la palabra, se le escapa al látex, que envejece de un modo distinto. Luego está el olor también, claro. Los museos de cera huelen sin excepción a tanatorio. Así que quizá esta materia continué teniendo sentido frente al látex. Si hicieran una réplica de mí, Dios no lo permita, preferiría la cera al látex. Acabo de descubrir que es más humana.

Miércoles. Los crímenes de Estado son secretos de Estado. Conviene meterse bien esto en la cabeza. Cuando el Estado mata, hay que silbar y hacer como que no has visto nada, porque si lo revelas te asesinan legalmente. Es lo que le ocurrió al soldado Manning, que sacó a la luz cientos o miles de crímenes de Estado y ahora está en el banquillo. Seguramente, le juzgan los mismos que cometieron los crímenes revelados por él, lo cual es un sindiós o un contradiós, como ustedes prefieran. Manning se presentó en el juicio, suponemos que por orden de sus jefes, con su uniforme de camuflaje, lo que no es un detalle menor. A los EE UU les encantaría que este juicio, que tiene mucho de crimen de Estado, pasara inadvertido para que la gente no pierda la fe en las instituciones, de ahí el vestuario. Por cierto, que el juicio coincide con la salida de las tropas norteamericanas de Irak. Obama dijo que salían con la cabeza alta. Vale. No le refrescaremos la memoria, ni refrescaremos la nuestra, por asco. La cabeza alta, dice.

Jueves. Siete de cada diez españoles consideran que el euro les jodió la vida. Lo que no dicen es si volverían a la peseta. Hay en los aeropuertos unos pasillos con dos puertas en forma de esclusa en los que figura la leyenda: “Pasillo sin retorno”. Siempre me da miedo atravesarlos porque la vida consiste, básicamente, en volver. Una persona que no ha vuelto, aunque sea para contarlo, es una persona que no ha vivido. Del único lugar del que no se vuelve es de la muerte (y del euro). De ahí mi aprensión a esos pasillos. Y a la moneda única.

dilluns, 19 de desembre del 2011

La pila voltaica

LA PILA VOLTAICA

Lunes. Llevo días sin escuchar ninguna conversación de interés en la cafetería donde tomo el gin-tonic de media tarde. Me pregunto si el problema está en los otros o en mí. Tal vez he perdido sensibilidad para escuchar lo que se dice por debajo de lo que se dice. Hoy, por ejemplo, me coloqué al lado de una pareja de novios que solo hablaban de lo que hablaban. En otras palabras, hablaban sin doble intención. Cuando él señalaba que se les iban a echar las fiestas encima sin haber comprado ningún regalo, solo quería decir que se les iban a echar las fiestas encima sin haber comprado ningún regalo. No había en su observación ningún otro matiz, tampoco sentimiento de culpa o de agobio. Y ningún reproche, por supuesto. Pero si ella respondía que este año le daba más pereza que otros, solo pretendía señalar eso, que este año le daba más pereza que otros. Tenían algo de robots, pues se manifestaban sin sentimiento alguno, como si llevaran la cinta de la conversación grabada dentro de sí. Me desazonó escucharlos, pues me pareció que, de repente, el mundo era únicamente lo que veíamos de él. Salí a la calle y comprobé que los edificios solo eran edificios y las personas solo personas y los escaparates solo escaparates. Y yo un tipo opaco que recogía conversaciones sin sustancia, sin fondo, sin magia. En cuanto a los adornos de Navidad, no eran más que bombillas de colores.

Martes. Veo por la calle a dos niños de nueve o diez años que caminan solos, de la mano, sin dar la sensación de haberse perdido. Van muy bien trajeados, con abrigos de paño idénticos, de color azul, y unos zapatos negros muy relucientes. Me pregunto si solo los veo yo, porque nadie los mira pese a que son objetivamente raros. Son dos niños que no son dos niños, lo que por un lado me alegra (la realidad, al contrario de ayer, ha dejado de ser lo que parece), y por otro me inquieta. Más que inquietarme, estos críos me dan miedo. Los sigo por Gran Vía hasta Callao, donde se meten, por improbable que parezca, en un sex shop. No me atrevo a seguirles (jamás he reunido el valor suficiente para entrar en uno de estos establecimientos), pero aguardo un rato en la acera, esperando que de un momento a otro los devolverán a la calle, cosa que no sucede. Vuelvo sobre mis pasos mordiéndome la cara interior de la mejilla, cuya sangre sabe a electricidad, y pensando en los niños. ¿Habrán sido una alucinación de mis sentidos?

Miércoles. Tengo invitados a comer. Preparo colas de cangrejos de río con vinagreta. Las colas de cangrejo de río vienen ya peladas, en salmuera. Se trata de un aperitivo con el que por lo general triunfo. En esta ocasión, uno de los invitados (editor de libros científicos) dice que el cangrejo le sabe a batería.

—¿Cómo que sabe a batería? –digo yo un poco molesto.

—Más exactamente –dice él–, a pila de un voltio y medio, de las del mando a distancia de la tele.

La cosa queda ahí, pero cuando se van busco en Google la palabra salmuera y averiguo que en 1800 Alessandro Volta usó la salmuera junto al cobre y al cinc para crear la pila voltaica. Desde entonces, tengo en la boca un sabor como a electricidad que no logro quitarme con nada y que me trae a la memoria a los niños que el lunes desaparecieron en un sex shop de la Gran Vía. Busco en Google la expresión “niños solos cogidos de la mano”, y aparecen casi siete millones de entradas. En una de ellas se asegura que esas parejas infantiles, relativamente frecuentes en las calles de las grandes ciudades por esta época, son demonios de Navidad.

Jueves. Resulta que estoy debajo de la ducha, con los ojos cerrados, cuando veo dentro de mi cabeza a los dos niños o los demonios de los que hablábamos ayer. Al principio no le doy mucha importancia, ya se irán, me digo frotándome el pelo con el champú. Pero como los niños no solo no se van, sino que comienzan a hacerme muecas, abro asustado los ojos y veo al otro lado de la mampara traslúcida una silueta que los evoca. Corro en un movimiento nervioso la mampara y al otro lado no hay nada. Los ojos me escuecen, por el champú. Los tendré irritados el resto del día.

Federalizar

FEDERALIZAR

No sabemos si el euro es benigno o maligno, pero todo el mundo habla ya de él como de un tumor pendiente de análisis, aunque con una pinta francamente mala. Los países europeos con moneda propia ni se acercan a él por temor al contagio, de modo que le estamos tomando un poco de asco, qué pena, con lo que nos gustaba al principio la idea tonta de comprar en Francia con el dinero que utilizábamos en España, nos hacía ilusión, ya ves, que los alemanes nos pagaran por fin con la misma moneda que nosotros a ellos, y parecía que sí, que el euro germano era idéntico al español, pero solo por fuera, tal como Merkel y la realidad están demostrando. El caso es que ahora te dan las vueltas del billete de 20 en la carnicería y las coges como el que recibe unas muestras de tejido que hay que llevar corriendo al departamento de anatomía patológica. Los céntimos de euro parecen pólipos de esos que salen en el colon, vegetaciones de la nariz, rugosidades orgánicas que conviene vigilar no vayan a ser que.

El problema, con independencia de que el tumor resulte finalmente maligno, ya lo dirá el laboratorio, es que se ha manifestado en un lugar donde si lo extirpas malo y si no lo extirpas peor. Entre dos vértebras se encuentra el maldito, entre dos vértebras del espinazo de Europa, a la que uno creía que estábamos desmantelando, porque era lo que se apreciaba a primera vista, cuando el otro día escuchó en la radio, que nada de eso, que al contrario, que le estamos dando consistencia a base de federalizarla, signifique lo que signifique federalizar, que parece uno de esos eufemismos médicos utilizados para revelar al paciente que le ha salido un euro, perdón un tumor, entre la quinta y la sexta empezando por abajo.

Le da uno cincuenta céntimos de euro al pobre del semáforo y parece que le está transmitiendo una enfermedad, y quizá sí. Ahora mismo nos duele el euro más de lo que le dolía España a Unamuno. Circula ya una leyenda urbana según la cual esta moneda en apariencia única no salió de las cabezas de los próceres europeos, sino de Silicon Valley, al modo de esos virus artificiales con los que de vez en cuando se diezma a la población mundial, para despejar un poco el panorama.

diumenge, 18 de desembre del 2011

A dos velas

A DOS VELAS

La reunión del Consejo Europeo, si se llama así, de la pasada semana ha hecho correr ríos de tinta y ríos de palabras en los que la mayoría de los ciudadanos europeos, indefensos ante tanta sintaxis hueca, hemos chapoteado como náufragos en altamar. Viene a ser lo mismo que si hubieran dicho una misa en latín. Y lo de la misa viene a cuento también de la solemnidad de la que se han rodeado y de los adornos florales de las mesas en las que comían o cenaban. El Vaticano marca tendencia no sólo desde el punto de vista teológico, sino desde el protocolo ceremonial. Hay una teología del euro tan incompresible como la teología de Dios y que está provocando ateos de la moneda única por un tubo. En cuanto a los rituales de salvación de Merkozy y Cía., hay que tener mucha fe para tragárselos.

A fin de cuentas, qué. Que han salvado el euro de una muerte segura. Bueno, pues muchas gracias, pero no tenemos ni idea de por cuánto tiempo ni con qué objetivos, la verdad. En cuanto a los usuarios de la dichosa moneda agonizante, llevamos semanas con hipotermia y sin saber a ciencia cierta qué va a ser de nuestros ahorros porque nadie se corta ya de mencionar el corralito, que creíamos que iba a ser un corralito a plazos, aunque quizá nos lo hagan pagar de golpe. Total que no sabemos nada. La próxima misa, la hagan ustedes en castellano, por favor. Y dígannos a la cara lo que se dicen al oído. Pensamos, por ejemplo, en Rajoy, que ha contado fuera su programa oculto en esperanto mientras que aquí nos tiene a dos velas en castellano. Sólo le hemos oído decir que va a llevar a cabo una «reforma laboral profunda». ¿Qué significa «reforma laboral profunda»? ¿Por qué no ancha o alta? ¿A qué alude con lo de la «profundidad»?

También nos hemos enterado del «aislamiento británico», como si bastara quedarse solo para quedarse aislado. Pues no es así ni de lejos, amigos. Quienes de momento parecemos aislados en el sentido metafórico del término, que es el que vale, somos los países del euro. De modo que han hecho ustedes un acuerdo histórico, sí, y han celebrado varias misas negras, también, pero los fieles, intelectualmente hablando, nos hemos quedado a dos velas.

dissabte, 17 de desembre del 2011

Física y metafísica

FÍSICA Y METAFÍSICA

El otro día, en El hormiguero, el programa de Pablo Motos, Luís Piedrahita hizo un juego de manos que me dejó atónito (búsquenlo en la web). Consistía en hacerle cuatro agujeros a una carta de una baraja, uno en cada esquina, con una perforadora de papel. Luego colocaba el dedo alternativamente sobre cada uno de los agujeros y los iba cambiando de lugar dentro de la carta. Ninguno de los agujeros acabó en su sitio de origen. Todo ello con una limpieza tal que parecía un milagro. Los magos nos tienen acostumbrados a que un objeto que se encontraba aquí aparezca allí. Unos lo hacen a base de polvos mágicos y otros en base a telequinesia, según su temperamento narrativo. Pero nunca habíamos visto trasladar un agujero. Hablamos de un asunto muy serio, muy inquietante, incluso algo aterrador.

El agujero, según el diccionario, es una abertura más o menos redondeada en alguna cosa. Quiere decirse que un agujero es una ausencia de materia en un punto de la materia. Un agujero en medio de la pared, o en medio de un cuerpo, constituye una pausa, a veces de dolor, a veces de excitación, no sé, pero siempre, siempre, se trata de una pausa misteriosa. Por eso somos tan dados a meter el dedo en los agujeros, o a mirar por ellos, o a recrearnos en el tacto de sus bordes. El agujero es una interrogación, un refugio, una propuesta, una pérdida, una metáfora. Hay agujeros negros y agujeros contables y agujeros presupuestarios y agujeros sin fondo, pero todos, sin excepción, pertenecen más al mundo de la metafísica que al de la física.

Un jarrón contiene un agujero, pero no es agujero. Para cambiar de sitio el agujero del jarrón has de cambiar de sitio el jarrón en su totalidad, porque no es posible separarlos. No hay forma de coger un agujero con la mano, se te escurre entre los dedos, a menos que lo hagas dentro de una película de dibujos animados, como en Yellow Submarine, donde le personaje de John Lennon mostraba en la mano un agujero del bolsillo que luego colocaba en distintos lugares. Es lo que hizo el mago Piedrahita el otro día, a la vista del público, con una sencillez pasmosa. He de llamarle para ver si me quita un agujero de angustia (quizá un tumor inverso) que tengo aquí, en el pecho.

divendres, 16 de desembre del 2011

Cocido escocés

COCIDO ESCOCÉS

Aquella chica venía de llorar como otros vienen del trabajo. Coincidíamos en el metro, cuando yo volvía a casa de la oficina. Me pasaba el viaje observándola disimuladamente, fantaseando sobre las razones por las que había llorado esa jornada, en el caso de que no llorara siempre por las mismas. Ella permanecía abstraída en un rincón, siempre el mismo, ajena a todo, a todos, hasta que una voz interior la avisaba de que había llegado a su estación. Entonces abandonaba el tren y se diluía entre la gente como la columna de humo de un Camel. Tuvo un abrigo gris que le duró seis inviernos y una falda escocesa que solo se ponía los viernes, el día en el que en mi casa se hacía cocido para comer, de modo que los cocidos me saben aún a falda de cuadros y las faldas de cuadros a cocido. Cuando cambió de abrigo, yo le di la vuelta al mío, que tenía cinco años, porque me pareció que era el momento de renovarse o de morir y no tenía una pistola a mano, ni siquiera un maldito frasco de somníferos. Creo que nunca reparó en mí ni en mi pena, mi pena por ella y por todos los que veníamos a aquellas horas (las nueve de la noche) de ganarnos la vida, o de perderla. Cómo saber si aquello era esto o lo otro, aún no lo sé.

Un día dejó de aparecer y no volví a verla, aunque la busqué por todo el convoy, por si hubiera cambiado de vagón, que es como cambiar de costado cuando no coges el sueño. En cuanto a mí, también la vida me condujo a otras líneas del metro y así pasaron los años. La semana pasada, volví a encontrarla, en la línea 5. Pese a los años transcurridos (30 o más), la reconocí al primer golpe de vista, pues de cara al menos no había cambiado demasiado. Noté que también venía de llorar, lo que me proporcionó una desazón enorme. Me pareció que llevábamos los dos toda la vida en el metro, casi con los mismos abrigos.