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divendres, 12 de juny del 2009

Así nos luce el pelo

ASÍ NOS LUCE EL PELO

El verbo desinventar carece de existencia, como si no fuera posible dar marcha atrás, como si fuéramos víctimas eternas de nuestras verdades o nuestras mentiras. Sin embargo, qué bien estaría, por ejemplo, desinventar a Dios para encontrar de nuevo la religión. La religión une a los hombres. Los dioses, en cambio, los separan, no han hecho otra cosa a lo largo de la historia, además de provocar millones de muertes, todas de una crueldad extrema. Un mundo sin dioses, y por eso mismo profundamente religioso (en el sentido etimológico del término) sería un auténtico paraíso. Qué gusto, desinventar a los ayatolás, a los predicadores, a los jerarcas eclesiásticos, a los propagandistas...

Sería fantástico también desinventar la medicina para encontrarnos con los médicos, que no sabemos dónde están ni cuando los tenemos delante. ¿Cuánto dura una consulta médica, un minuto y medio o dos? Si no existiera la medicina, duraría media hora. La medicina y los dioses han acabado con la religión y con los médicos, quiere decirse que no andamos bien ni del alma ni del cuerpo. En un hospital de Madrid, los enfermos se pasan a veces 36 horas sin comer, pues sólo disponen de una enfermera para 50 pacientes, todo ello en nombre de la medicina.

Al inventarse la medicina, se inventaron sus gestores, sus jefes de recursos humanos, sus oficinas de planificación y los médicos desaparecieron del panorama. La cosa ha llegado hasta el punto de que ni siquiera existen ya los historiales clínicos, que han sido sustituidos por unas cosas llamadas protocolos, semejantes a los test del carné de conducir.

Desinventemos también la gastronomía para recuperar la comida. Y quizá la novela para volver a la literatura. Al capitalismo y al comunismo, en vez de desinventarlos, los obligaría a sentarse a una mesa y no les dejaría levantarse hasta que hubieran llegado a un acuerdo sobre el tamaño del Estado, que es lo que ahora mismo, bajo diversas apariencias, está en discusión. Tampoco es tan difícil, sobre todo si no aparece Dios para enredar. El diccionario dice que desinventar no existe, lo que es un modo de prohibirlo. Y así nos luce el pelo.

dimecres, 10 de juny del 2009

Aprende de tus mayores

APRENDE DE TUS MAYORES

Si los análisis sintácticos se hicieran con el mismo rigor que los análisis electorales, ningún alumno suspendería la selectividad.

-Oiga, que esto es un complemento directo.

-Era un complemento directo. ¿No ve usted que la tendencia ha comenzado a cambiar?

Llevan razón todos, los que afirman que el sujeto es un sujeto y los que afirman que el sujeto es un complemento directo. La ventaja de los análisis electorales es que carecen de sintaxis, de articulación, de jerarquías. Que son un cachondeo, vamos. Se puede afirmar, con idéntica verosimilitud, que el PSOE necesitaba ganar y que necesitaba perder. Necesitaba ganar para sentirse legitimado en una situación de crisis en la que hay que tomar decisiones no siempre populares, pero necesitaba perder porque de ese modo apuntalaba a Rajoy, que no tiene ninguna posibilidad de batir a Zapatero en unas generales (el PSOE, dicen, teme a Gallardón más que a un nublado, pero Gallardón, de momento, continúa en el banquillo). O sea, que el PSOE no ha ganado, lo que es evidente, pero tampoco ha perdido, lo que también es evidente. Falta de sintaxis.

Los análisis económicos tampoco tienen orden ni concierto. Con los mismos datos se puede deducir que la crisis ha tocado fondo y que la crisis no ha tocado fondo. Los analistas financieros salen en la tele con corbata y barba blanca, pero deberían aparecer con túnica, como Rappel, y con una bola de cristal, al menos mientras sus razonamientos tengan la fiabilidad que tienen los de los adivinos. Si yo fuera estudiante y me examinara estos días de selectividad, me preguntaría por qué me exigen rigor sintáctico en un mundo donde todo vale. La derecha ha ganado en Europa porque tiene la llave para sacarnos de la crisis que ella misma ha provocado, lo que viene a ser como premiar a un asesino en la confianza de que sea capaz también de desasesinar. Mire usted, no, los asesinos no saben desasesinar, no es lo suyo, ni siquiera existe ese verbo. ¿Y esta oración es subordinada o principal? Pon lo que te dé la gana, muchacho, pues aunque sea subordinada, también se puede leer como principal. Fíjate en tus mayores y toma nota.

dilluns, 8 de juny del 2009

Las redes inalámbricas

LAS REDES INALÁMBRICAS

Siempre que hablo por el móvil pienso que algún servicio secreto está grabando mi conversación, por lo que procuro despistar. El otro día, sin ir más lejos, me telefoneó mi madre para pedirme que la acompañara al médico, a lo que respondí:

—Ya estás con la historia del médico. Si sabes que no te pasa nada, mujer, que es todo pura hipocondría.

En realidad mi madre está a punto de fallecer, le han dado tres meses de vida, pero no me daba la gana que los servicios secretos se enteraran, de modo que le pedí que se tranquilizara o que llamara al psicólogo.

—Pero qué coño de psicólogo —dijo ella—, si me quedan tres meses de vida y me matan los dolores. Lo que necesito es ir al médico para que me recete otra tanda de morfina.

Tenía que decir morfina. Podía haber dicho aspirinas o paracetamol, qué se yo, pero tuvo que decir morfina, que es una de las palabras que más alarman al servicio secreto. Colgué inmediatamente el teléfono, tomé un taxi, me presenté en su casa y le dije que fuera la última vez que pronunciaba la palabra morfina por el teléfono móvil.

—Ya estás con lo de los servicios secretos —dijo ella.

En ese instante comprendí que mi madre era espía. Fue como un fogonazo de luz, como una revelación. ¿Cómo no me he dado cuenta antes?, me dije, qué idiota he sido. De repente comprendí por qué siempre que me llamaba al móvil intentaba que habláramos de enfermedades y asuntos privados en general.

Esa noche arrojé mi móvil por el retrete. Mi madre me llamó al fijo al día siguiente. Me preguntó por qué no respondía al móvil y le dije que lo había perdido. Preguntó que dónde y le dije que en el cine. Me recomendó que lo diera de baja y le respondí que ya lo había hecho. Luego me pidió que le contara la película y que le recordara una receta de cocina. En ningún momento pronunció la palabra morfina ni habló de sus enfermedades. ¿Para qué, si ya no podían escucharnos los servicios secretos? Deduje de todo ello que las líneas fijas son, desde el punto de vista de la inteligencia militar, menos vulnerables que las redes inalámbricas. Y así lo hice constar en mi informe.

divendres, 5 de juny del 2009

El encéfalo

EL ENCÉFALO

Qué dilema, Dios, el del contribuyente. O va a las urnas y da por buena una campaña que ha competido en zafiedad, incultura y mal gusto con los programas más tirados de la tele, o no va y permite que cada uno lea su abstención como le convenga. También puede ir y votar en blanco, pero tiene uno la impresión de que ese voto es una respuesta floja, inane, a la agresión intelectual de que hemos sido víctimas durante las dos últimas semanas. Se dice pronto: 15 días con sus telediarios, con sus mítines, con sus horas de radio, con sus cuñas publicitarias, con sus decenas de titulares periodísticos, de editoriales, de tertulias, sin que en medio de toda esa palabrería (que ha costado una pasta) apareciera una sola idea. De haberla visto, habríamos corrido tras ella para atraparla o para que nos atrapara. El pensamiento es una conquista dura, una escalada. Y nada garantiza, por alto que hayas llegado, que no puedas precipitarte de nuevo en la barbarie. Que un país con la historia de Italia vote a Berlusconi debería hacernos reflexionar. El mal está ahí, a la vuelta de la esquina. Y se puede caer más bajo todavía, no hay límites en el descenso a los infiernos, en la decadencia política, en el declive cultural.

Pues ya decimos, ni una idea en toda la campaña, ni un pensamiento organizado, nada. Unos por vocación, otros por torpeza, todos se han aplicado a la tarea de evitar la creación de un escenario donde fuera posible el trabajo del encéfalo. Da pánico asomarse al campo de batalla. Yo votaré, claro, pero al borde del desaliento, quizá por cobardía, por aquello del mal menor, pero también porque en la abstención percibo a veces cierta suficiencia, cierto sentimiento de superioridad que no comparto. Ahora bien, al día siguiente de las elecciones habría que hacer algo, porque esta mierda no puede continuar así.

Todos esos teléfonos

TODOS ESOS TELÉFONOS

Un avión se cae en medio del Atlántico y los familiares de las víctimas acuden al aeropuerto en busca de noticias. Podrían haber ido al Ministerio del Interior, por poner un ejemplo, pero acuden al aeropuerto por una asociación inmediata de ideas. Es normal. Lo anormal es que las autoridades no habiliten un lugar más habitable para las víctimas de la catástrofe. Hasta Sarkozy, que no había perdido a nadie, tuvo ese reflejo primario y se fue corriendo al aeropuerto para dar consuelo a los familiares de los desaparecidos. Me pregunto en cuántas ocasiones, a lo largo de la vida, actuamos de este modo absurdo. No tiene ningún sentido que la información sobre un accidente sucedido en medio del mar se centralice en un aeropuerto que queda a miles de kilómetros de distancia.

Pero el aeropuerto, en esos momentos de dolor, quizá era un símbolo de cercanía con las víctimas. El absurdo racional no siempre coincide con el absurdo emocional. Lo que racionalmente parece un disparate, desde el punto de vista de la emoción es pura lógica. Quizá, pues, aquella carrera loca de los deudos hacia el aeropuerto de París, adonde el vuelo no llegaría jamás, estaba llena de razones que mi insensibilidad, en el primer párrafo de este artículo, no me permitió captar. Bien pensado, yo mismo, en tal situación, habría salido también disparado hacia el aeropuerto, hacia cualquiera, el más cercano. O no. Tal vez me habría detenido en la puerta de casa, a pensar. ¿Por qué al aeropuerto? ¿No sería más lógico que las autoridades habilitaran dentro de la ciudad un lugar para la ocasión?

Es el problema de quienes damos demasiadas vueltas a las cosas, que nos paralizamos. No tenemos salud racional ni emocional porque en nosotros no está bien delimitada la frontera entre uno y otro territorio. Sí estoy seguro, sin embargo, de que aun habiéndome quedado en casa, esperando noticias del ministro del Interior, habría telefoneado mil veces al móvil del ser querido, por si fuera capaz de contestar a cuatro mil metros de profundidad, debajo del agua. Los teléfonos móviles han añadido a las tragedias un plus de dramatismo que pone los pelos de punta. Todos esos teléfonos sonando bajo el océano.

dimecres, 3 de juny del 2009

Un sueño sin interpretación

UN SUEÑO SIN INTERPRETACION

Soñé que compraba en el mercado un cochinillo para agasajar a unos invitados a los que no recuerdo. Al llegar a casa, colocaba al animal sobre mi cama, que extrañamente funcionaba como horno, quizá como parrilla. Estaba entero, de manera que de vez en cuando le daba la vuelta para que se hiciera a la vez por todas las partes. Cuando la piel del cochinillo empezaba a dorarse, el animal salió corriendo de la cama y recorrió la casa dando gritos de dolor. Intenté cogerlo un par de veces, pero además de escurrirse con enorme facilidad, quemaba. La escena sucedía en el piso de arriba, donde se encontraban los dormitorios. En el de abajo, los invitados tomaban un aperitivo acompañados de mi esposa. Qué pensarán, me dije, si escuchan los aullidos del cerdo.

Mientras el animal corría de un extremo al otro del piso como huyendo de sí mismo y llenando la casa de decibelios dolorosos, mi angustia subía de tono. Sufría por los invitados, desde luego, pero también por el cochinillo, cuya piel (o corteza) estaba literalmente abrasada, es decir, churruscante, y por eso mismo enormemente apetitosa. En una de sus enloquecidas carreras, el animal entró en el cuarto de baño y saltó al interior de la bañera. Entonces, tomé instintivamente la ducha y comencé a echarle agua fría por todo el cuerpo, lo que pareció aliviarle, pues dejó de agitarse y de gemir. Gracias a esta tregua, pude recuperar, siempre dentro del sueño, el pensamiento racional. ¿Cómo es posible, me pregunté, que el cochinillo esté vivo si cuando lo traje del mercado estaba completamente vacío, sin vísceras? Pero sobre todo, ¿por qué lo he puesto a asar sobre la cama si la cama no asa?

Disimuladamente, aprovechando que el cochinillo estaba calmado, le pasé la mano libre por debajo y comprobé que estaba abierto y limpio. De modo, le dije, que eres un impostor. El animal me miró como si lo hubiera descubierto. Entonces, le golpeé en la nuca con la alcachofa de la ducha y cayó, muerto, sobre el suelo de la bañera. Recogí el cuerpo, bajé con él a la cocina y lo metí en el horno, donde terminó de hacerse enseguida. A los halagos de mis invitados respondí que el cochinillo lo único que necesitaba para hacerse bien era agua. Al despertarme, anoté el sueño, pero no he logrado interpretarlo.

dilluns, 1 de juny del 2009

Dinero maldito

DINERO MALDITO

Bajé al Vips a comprar una botella de ginebra y vi unos gatitos de peluche que respiraban. Estaban recostados en una cestita, en actitud de dormir, pero si te fijabas, su cuerpo se ensanchaba y se encogía, imitando la respiración pausada del sueño. Y si acercabas la mano, te parecía que estabas tocando a un ser vivo. Como ese día me había levantado raro, pensé que se trataba de una alucinación, de modo que cogí la botella de ginebra, pagué y me fui. Ya en la calle, el recuerdo de los gatitos me hizo dar la vuelta y entrar de nuevo en el establecimiento. Ahora descubrí un cartel donde ponía: «Mascotas que respiran». Quiere decirse que no había sido una alucinación. Una mente perversa los había diseñado para crear problemas en cabezas como la mía. Y es que los gatitos eran muy siniestros, mucho, tan siniestros que tomé uno, pasé por caja, y me lo llevé a casa.

Como era la hora del gin tonic de media tarde, me preparé uno y fui bebiéndolo a pequeños sorbos mientras el gatito respiraba en su cesta. Luego vi un par de telediarios y una película de miedo. Antes de meterme en la cama dudé si apagar o no al gatito. Finalmente decidí dejarlo respirar durante toda la noche, no fuera a aparecer muerto al día siguiente. Un peluche cadáver es capaz de poner los pelos de punta al más pintado. Por mi parte, dormí mal, inquieto. Soñé que a partir de ese rudimentario aparato respiratorio el gatito creaba también un aparato digestivo y quizá una agresividad felina. No hay nada más terrible que un muñeco de peluche agresivo.

Me levanté temprano y pasé por el salón, donde el gatito dormía plácidamente, con su respiración acompasada. Tuve la convicción de que había metido en casa un bicho infernal. Una mosca se posó en su oreja y la espanté. ¿Y si en este momento se la acabara la pila?, me pregunté. Miré por todos los cajones, pero no encontré ninguna de su tamaño. La idea de que el animal dejara de respirar me agobió, de hecho tuve un pequeño ataque de asma, como si la pila se me estuviera acabando a mí. Esa mañana, cuando abrieron el Vips, abandoné al gatito disimuladamente de donde lo había tomado. Quizá podría haber pedido que me devolvieran el dinero, pero qué hacer con un dinero maldito.