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dilluns, 8 de juny del 2009

Las redes inalámbricas

LAS REDES INALÁMBRICAS

Siempre que hablo por el móvil pienso que algún servicio secreto está grabando mi conversación, por lo que procuro despistar. El otro día, sin ir más lejos, me telefoneó mi madre para pedirme que la acompañara al médico, a lo que respondí:

—Ya estás con la historia del médico. Si sabes que no te pasa nada, mujer, que es todo pura hipocondría.

En realidad mi madre está a punto de fallecer, le han dado tres meses de vida, pero no me daba la gana que los servicios secretos se enteraran, de modo que le pedí que se tranquilizara o que llamara al psicólogo.

—Pero qué coño de psicólogo —dijo ella—, si me quedan tres meses de vida y me matan los dolores. Lo que necesito es ir al médico para que me recete otra tanda de morfina.

Tenía que decir morfina. Podía haber dicho aspirinas o paracetamol, qué se yo, pero tuvo que decir morfina, que es una de las palabras que más alarman al servicio secreto. Colgué inmediatamente el teléfono, tomé un taxi, me presenté en su casa y le dije que fuera la última vez que pronunciaba la palabra morfina por el teléfono móvil.

—Ya estás con lo de los servicios secretos —dijo ella.

En ese instante comprendí que mi madre era espía. Fue como un fogonazo de luz, como una revelación. ¿Cómo no me he dado cuenta antes?, me dije, qué idiota he sido. De repente comprendí por qué siempre que me llamaba al móvil intentaba que habláramos de enfermedades y asuntos privados en general.

Esa noche arrojé mi móvil por el retrete. Mi madre me llamó al fijo al día siguiente. Me preguntó por qué no respondía al móvil y le dije que lo había perdido. Preguntó que dónde y le dije que en el cine. Me recomendó que lo diera de baja y le respondí que ya lo había hecho. Luego me pidió que le contara la película y que le recordara una receta de cocina. En ningún momento pronunció la palabra morfina ni habló de sus enfermedades. ¿Para qué, si ya no podían escucharnos los servicios secretos? Deduje de todo ello que las líneas fijas son, desde el punto de vista de la inteligencia militar, menos vulnerables que las redes inalámbricas. Y así lo hice constar en mi informe.

divendres, 5 de juny del 2009

Todos esos teléfonos

TODOS ESOS TELÉFONOS

Un avión se cae en medio del Atlántico y los familiares de las víctimas acuden al aeropuerto en busca de noticias. Podrían haber ido al Ministerio del Interior, por poner un ejemplo, pero acuden al aeropuerto por una asociación inmediata de ideas. Es normal. Lo anormal es que las autoridades no habiliten un lugar más habitable para las víctimas de la catástrofe. Hasta Sarkozy, que no había perdido a nadie, tuvo ese reflejo primario y se fue corriendo al aeropuerto para dar consuelo a los familiares de los desaparecidos. Me pregunto en cuántas ocasiones, a lo largo de la vida, actuamos de este modo absurdo. No tiene ningún sentido que la información sobre un accidente sucedido en medio del mar se centralice en un aeropuerto que queda a miles de kilómetros de distancia.

Pero el aeropuerto, en esos momentos de dolor, quizá era un símbolo de cercanía con las víctimas. El absurdo racional no siempre coincide con el absurdo emocional. Lo que racionalmente parece un disparate, desde el punto de vista de la emoción es pura lógica. Quizá, pues, aquella carrera loca de los deudos hacia el aeropuerto de París, adonde el vuelo no llegaría jamás, estaba llena de razones que mi insensibilidad, en el primer párrafo de este artículo, no me permitió captar. Bien pensado, yo mismo, en tal situación, habría salido también disparado hacia el aeropuerto, hacia cualquiera, el más cercano. O no. Tal vez me habría detenido en la puerta de casa, a pensar. ¿Por qué al aeropuerto? ¿No sería más lógico que las autoridades habilitaran dentro de la ciudad un lugar para la ocasión?

Es el problema de quienes damos demasiadas vueltas a las cosas, que nos paralizamos. No tenemos salud racional ni emocional porque en nosotros no está bien delimitada la frontera entre uno y otro territorio. Sí estoy seguro, sin embargo, de que aun habiéndome quedado en casa, esperando noticias del ministro del Interior, habría telefoneado mil veces al móvil del ser querido, por si fuera capaz de contestar a cuatro mil metros de profundidad, debajo del agua. Los teléfonos móviles han añadido a las tragedias un plus de dramatismo que pone los pelos de punta. Todos esos teléfonos sonando bajo el océano.