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dimarts, 9 de febrer del 2010

El pacto

EL PACTO

Me telefoneó una amiga para decirme que había soñado conmigo. Íbamos en un tren, uno enfrente del otro, cuando se dio cuenta de que yo era extraterrestre.

-¿En qué lo notaste? –pregunté.

-En nada en particular y en todo. Fue como una intuición, como una revelación.

Como mi amiga y yo nos conocemos desde la adolescencia, reflexionó, siempre dentro del sueño, que llevaba engañándola a ella (y al resto de nuestros conocidos) durante muchísimos años. Entonces sintió miedo, pues le pareció evidente que mi misión en la Tierra no podía resultar beneficiosa para los humanos.

-¿Y qué hiciste? –pregunté.

-Disimulé, hice como que no me había dado cuenta de tu impostura, pero comenzaste a mirarme de un modo raro, como si sospecharas de mí. Entonces, presa del pánico, desperté.

El sueño, según me dijo, la había dejado algo turbada (también a mí, la verdad, pues aunque no soy extraterrestre, creo, tampoco tengo la sensación de ser muy de aquí). Y bien, el caso es que tras gastar unas bromas acerca del sueño, nos despedimos volviendo yo a lo mío, y ella, supuse, a lo suyo.

A los pocos días, coincidimos en un acto público (la presentación de un libro), y me di cuenta de que me evitaba. No de un modo descarado, ni siquiera, quizá, consciente, pero lo cierto es que al poco de que me acercara a ella, encontraba una excusa para alejarse. Por fortuna, con los demás invitados todo era normal (quizá no les había contado el sueño). A partir de aquel día, la situación se repitió en otros actos, incluso en la casa de un amigo común adonde habíamos ido a cenar. Por otra parte, dejó de llamarme y yo evitaba hacerlo para no violentarla. De un modo u otro, parecía convencida de que yo era un invasor. Pasado un tiempo, descolgué el teléfono, marqué su número y le dije que había soñado con ella. Eras, añadí, una espía de una potencia extranjera (en el sueño no se especificaba cuál). Me pareció que se quedaba un poco preocupada. Desde entonces, hemos recuperado el contacto. Hay entre nosotros un pacto tácito: ella no me denunciará a mí si yo no la denuncio a ella.

dimecres, 3 de juny del 2009

Un sueño sin interpretación

UN SUEÑO SIN INTERPRETACION

Soñé que compraba en el mercado un cochinillo para agasajar a unos invitados a los que no recuerdo. Al llegar a casa, colocaba al animal sobre mi cama, que extrañamente funcionaba como horno, quizá como parrilla. Estaba entero, de manera que de vez en cuando le daba la vuelta para que se hiciera a la vez por todas las partes. Cuando la piel del cochinillo empezaba a dorarse, el animal salió corriendo de la cama y recorrió la casa dando gritos de dolor. Intenté cogerlo un par de veces, pero además de escurrirse con enorme facilidad, quemaba. La escena sucedía en el piso de arriba, donde se encontraban los dormitorios. En el de abajo, los invitados tomaban un aperitivo acompañados de mi esposa. Qué pensarán, me dije, si escuchan los aullidos del cerdo.

Mientras el animal corría de un extremo al otro del piso como huyendo de sí mismo y llenando la casa de decibelios dolorosos, mi angustia subía de tono. Sufría por los invitados, desde luego, pero también por el cochinillo, cuya piel (o corteza) estaba literalmente abrasada, es decir, churruscante, y por eso mismo enormemente apetitosa. En una de sus enloquecidas carreras, el animal entró en el cuarto de baño y saltó al interior de la bañera. Entonces, tomé instintivamente la ducha y comencé a echarle agua fría por todo el cuerpo, lo que pareció aliviarle, pues dejó de agitarse y de gemir. Gracias a esta tregua, pude recuperar, siempre dentro del sueño, el pensamiento racional. ¿Cómo es posible, me pregunté, que el cochinillo esté vivo si cuando lo traje del mercado estaba completamente vacío, sin vísceras? Pero sobre todo, ¿por qué lo he puesto a asar sobre la cama si la cama no asa?

Disimuladamente, aprovechando que el cochinillo estaba calmado, le pasé la mano libre por debajo y comprobé que estaba abierto y limpio. De modo, le dije, que eres un impostor. El animal me miró como si lo hubiera descubierto. Entonces, le golpeé en la nuca con la alcachofa de la ducha y cayó, muerto, sobre el suelo de la bañera. Recogí el cuerpo, bajé con él a la cocina y lo metí en el horno, donde terminó de hacerse enseguida. A los halagos de mis invitados respondí que el cochinillo lo único que necesitaba para hacerse bien era agua. Al despertarme, anoté el sueño, pero no he logrado interpretarlo.