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divendres, 13 d’agost del 2010

Una frase bárbara

UNA FRASE BÁRBARA

Pedro Castro, alcalde de Getafe, acerca del lío que tiene montado el PSOE en Madrid: «Cuando el pescador va a pescar, no pone el cebo que le gusta a él, sino el que más gusta a los peces.» ¿Parecía o no parecía Paolo Vasile dirigiéndose a su jefe de programación? Si el público quiere a Belén Esteban, hay que dar Belén Esteban por un tubo.

Trinidad Jiménez no tiene nada que ver con Belén Esteban. Mejor dicho, no tenía nada que ver hasta que Castro la comparó con un cebo capaz de atraer a la audiencia. Es evidente que el dirigente socialista no sabía lo que decía. Lo más probable es que ni siquiera hablara él, sino que fuera hablado por el pensamiento dominante, según el cual, al margen de las audiencias masivas, no hay salvación. La equiparación entre votos y cuota de pantalla no es nueva, pero nadie la había expresado con tanta brutalidad. No demos a los electores lo que más nos gusta a nosotros, que somos unos finolis, sino lo que más les gusta a ellos (que son unos zafios, le faltó añadir).

En nombre de «hay que dar al público lo que desea» se han perpetrado, a lo largo de la historia, las mayores tropelías que quepa imaginar. El mundo actual es, en cierto modo, el resultado de esa máxima. Pocos editores publican, por ejemplo, los libros que su país necesita. Lo mismo podría decirse de los productores de cine y de quienes tienen, en general, la obligación de educar los gustos artísticos de sus contemporáneos.

En un mundo medianamente ordenado, el alcalde de Getafe habría dimitido al minuto siguiente de pronunciar esa barbaridad. Y no porque fuera lo que en el fondo pensara él, si piensa algo, sino por haber servido de vehículo para la difusión de ese tipo de realismo sucio. Pero tal vez él mismo no se guste demasiado a sí mismo. Tal vez tenga conciencia de ser un cebo para atraer a la audiencia de los habitantes de Getafe, a los que también ha insultado gravemente con esa frase genial referida a Trinidad Jiménez, pobre.

Éste es un síntoma, en fin, de que el mundo se ha acabado. Por cierto, que las cadenas competidoras (PP, IU, etc.) aún no han descalificado, como se merece, al bárbaro. ¿Acaso piensan igual que él?

divendres, 4 de febrer del 2005

Los juegos

LOS JUEGOS

Si vives en Madrid, y a poca atención que prestes a la política municipal, tarde o temprano te enteras de que la ciudad aspira a convertirse en la sede de los Juegos Olímpicos de 2012. Hay muchas señales, entre las que destacan los cascotes y los discursos. De súbito, un día sales a la calle y comprendes la relación entre los discursos y los cascotes. ¡Eran los Juegos! De ahí a asumir la retórica vigente no hay más que un paso: se trata de un evento (no un suceso ni un acontecimiento, no: un evento) que constituye una oportunidad única para ponernos al día. Todas las ciudades en las que se han llevado a cabo unos Juegos Olímpicos se han modernizado, equipado, transformado. ¿Quién lo duda? ¿Por qué nos mentirían en algo así? Vean, si no, el antes y el después de Barcelona, de Nueva York, de Tokio. Me lo creo y me adhiero, pese a no tener intereses urbanísticos, qué lástima, en el Anillo Olímpico.

¿Son también estos juegos una oportunidad para el alcalde Ruiz-Gallardón? ¿Obtendrá algo si la operación le sale bien? ¿Qué perdería si le saliera mal? No tenemos ni idea, pero conmueve ver los bríos de opositor a notarías que dedica al proyecto. Gallardón ha mejorado mucho desde que dejó de creer en un partido que jamás creyó en él. Ahora nos recuerda al cura de aquella novela de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir, que tras perder la fe ejercía con mayor eficacia su ministerio. No hay como dejar de creer en Dios, o en el partido, para convertirse en un hombre. Si Dios no existe, los únicos responsables de lo que ocurra aquí somos nosotros. Algunos artistas hicieron lo mejor de su obra cuando perdieron la fe en la Literatura, en la Pintura, en la Música. ¿Acaso el buen ebanista cree en la Carpintería o el fontanero excelente en la Fontanería?

Gallardón salió del último congreso de su partido cargado de hombros, sin futuro, pero también sin el cinismo que le caracterizaba. Hoy no incurriría en la procacidad de colocar a Ana Botella. Resulta enigmático, como toda persona acabada, pero lo más sugestivo de él es esa imagen de obrero manual, de alfarero, empeñado en obtener una pieza perfecta. Y no porque crea en la Alfarería, sino porque cree en las manos. ¿Cómo no desearle suerte?