TRADUCE ESTA PAGINA

Visites

Contadores Gratis
Contadores Web
contadores de visitas
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris gripe A. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris gripe A. Mostrar tots els missatges

dimecres, 18 d’agost del 2010

Política de teletienda

POLÍTICA DE TELETIENDA


La gripe A, que comenzó en forma de decreto, ha terminado del mismo modo. Entre el decreto que la alumbró y el que la dio por muerta ha discurrido un argumento malo, como de best-seller, pero muy comercial. Millones y millones de personas (entre ellas, un servidor) compraron, para felicidad de las farmacéuticas, una gripe de la que ahora sabemos que no existió. Y nos la tragamos como el que se traga una infecta novela de amor. Todo ello gracias al marketing viral, nunca mejor dicho. Hay libros y películas y productos de limpieza que se cuelan de este modo en la vida de las personas. ¿Quién no tiene, arrinconada en su casa, una máquina para los abdominales que nunca usó porque no servía, en realidad, para nada? ¿Qué país como Dios manda no dispone de dos o tres millones de dosis de una vacuna sin destino? Soy aficionado a los canales de teletienda. Me hipnotiza el discurso con el que nos venden una fregona giratoria, un cinturón eléctrico para desarrollar los músculos del vientre o un lápiz mágico para las ralladuras del coche. Cada producto va a acompañado de un cuento oral de enorme eficacia, tanta que miles de personas descuelgan en ese instante el teléfono y adquieren la oferta (siempre nos regalan algo). Pero he aprendido a defenderme de esos anuncios: ya sólo caigo en su trampa tres o cuatro veces al mes, y siempre con objetos pequeños, que no ocupan mucho espacio. Es un dinero, lo sé, pero hay ludopatías más graves. Me encuentro en la media. Lo sé porque cuando voy a cenar a casa de los amigos veo lo que hay. Recordado ahora con perspectiva el asunto de la gripe A, me vienen a la memoria algunas de las intervenciones de Trinidad Jiménez, ministra de Sanidad, en torno a la conveniencia de vacunarse. En mi recuerdo, la ministra actúa como los vendedores de la teletienda, no por mala fe, sino porque formaba parte, en esos momentos, de una cadena comercial empeñada en vender vacunas. La OMS, esa cosa tan seria, acaba de confesar que un tercio de los expertos que formaron parte, como consejeros, del comité de urgencia creado para la ocasión habían trabajado para farmacéuticas. Pero no pasa nada. Ahora bien, señora Jiménez, no nos monte en Madrid una campaña política de teletienda.

divendres, 24 de juliol del 2009

Un poco de paciencia

UN POCO DE PACIENCIA

Los ciudadanos ingenuos desconocemos cuál es ahora mismo la evolución real de la gripe A, pero empezamos a darnos cuenta de su evolución verbal. Hacemos esta distinción porque la evolución verbal y la real no siempre coinciden (en los mapas aparecen también carreteras que no existen). Llegan fogonazos informativos de lo ocurrido aquí o allá. El Gobierno británico, por ejemplo, establece una previsión de 65.000 muertos; el español, de 8.000. A continuación se nos dice que 8.000 no es mucho, es lo normal con la gripe de andar por casa, a la que ya estamos acostumbrados. Las informaciones nos llegan como pedazos de un mapa de roto. Uno se sienta a la mesa camilla e intenta casar unos fragmentos con otros, pero no sale una figura lógica. Entre tanto, se hacen llamamientos a la calma. ¿Cómo calmar a alguien que no está intranquilo?

Tenemos algunas experiencias sobre la evolución verbal de asuntos francamente serios. ¿Recuerdan ustedes la evolución verbal del aceite de colza? Al principio era un bichito que si se caía al suelo se mataba. Lo dijo una autoridad sanitaria de la época. Pues todavía colea. ¿Recuerdan como evolucionó la historia de las vacas locas? ¿En qué quedó? ¿Qué paralelismo hubo entre las palabras y la realidad? Ninguno. Los carniceros vendieron un poco menos durante algunos meses y luego, si te he visto, no me acuerdo. ¿Y la evolución verbal de la «ligera recesión económica»? Durante las elecciones europeas, por cierto, saltó a la prensa una cuestión que parecía importante: el uso privado, por parte de Zapatero, de un avión de propiedad pública. La cosa pasó a mejor vida al día siguiente del recuento. Hay asuntos que sólo tienen existencia en el plano verbal.

Y bien, todavía no ha llegado el otoño y la ministra de Sanidad ha comenzado a hablar de la vacuna contra el virus H1N1. El asunto de la vacuna está teniendo un recorrido verbal muy curioso, pues a veces estará lista para octubre y a veces para diciembre; a veces, la población de riesgo es ésta y a veces esta otra. Es cierto que las palabras generan realidad, pero tienen sus límites. Si mueren 25.000, por poner un ejemplo, seguirán siendo 25.000, aunque usted diga 8.000. O sea, que un poco de paciencia.

dilluns, 11 de maig del 2009

¿Quién lo aguanta?

¿QUIÉN LO AGUANTA?

Uno. No sabemos nada, nada en absoluto, ni de los virus, ni de la economía, ni de la educación de los hijos, ni del tiempo atmosférico, no tenemos ni idea de lo que nos conviene o nos deja de convenir. Vivimos en la oscuridad. Todo nos coge por la espalda, incluido el amor, que llega cuando ni está ni se le espera. Quiere decirse que nos arruinamos sin querer y nos enriquecemos sin querer y cogemos la gripe porcina o mexicana (que quizá no sea ni porcina ni mexicana) sin querer. Vas a pasar el puente a tu pueblo, porque el hombre del tiempo ha dicho que hará sol, y llueve. Inviertes en petróleo y suben las farmacéuticas; dejas de fumar y te sale un papiloma… Todo es azar, azar, azar. Ahora mismo, mientras le damos vueltas a la posibilidad de retrasar la edad de la jubilación, se está prejubilando a la gente con 50 años. ¿En qué quedamos, pues? ¿Conviene prejubilar o posjubilar? ¿Hay que llevar o no hay que llevar mascarilla?

Dos. Todos los empleados del aeropuerto llevaban mascarilla. Algunos se habían colocado un pañuelo sobre la boca, al modo de los atracadores del antiguo oeste. Entre los pasajeros, se contenía la respiración. Respirábamos, inconscientemente, la mitad de lo habitual con la idea de que así entrarían la mitad de virus de los que entran normalmente. Aguantar un vuelo de 12 horas (Buenos Aires-Madrid) sin respirar, o respirando poco, es agotador. Llega un punto en el que te parece que has perdido los pies, y no es que los hayas perdido, continúan ahí, en el extremo de tus piernas, sólidamente unidos a ellas por el invento de los tobillos, lo que pesa es que no les llega el oxígeno, pobres, y están como cadáveres. Por eso los metemos en zapatos que parecen ataúdes. Lo curioso es que ni los auxiliares del vuelo ni los pilotos llevaban mascarillas. ¿Por qué los funcionarios del aeropuerto sí y ellos no? Porque en el fondo no creemos en nada, como en aquel cuento de Rulfo, creo, en el que un caballo se estampa sobre el muro que debía saltar.

—Este caballo está ciego –dice el comprador.

—No está ciego –asegura el vendedor–, es que le importa todo un carajo.

Nosotros tampoco estamos ciegos, es que nos importa todo un carajo. Si no había crisis y hubo crisis; si había pandemia y no hubo pandemia; si la lotería no tocaba y tocó; si todo depende del azar, en fin, para qué llevar mascarilla, o para qué dejar de llevarla. Lo que usted diga, señor. ¿Que me la pongo en unos sitios y me la quito en otros? Ningún problema. ¿Que un día me jubilo y al siguiente me desjubilo? A mandar.

Tres. Cojo el periódico y me salto toda la información acerca del virus, y no porque no tenga interés en aprender, sino porque cuanto más leo menos sé. También me salto el suplemento de Economía, por las mismas razones, y los editoriales, porque razonan demasiado en un mundo que se mueve por emociones. Me quedan las cartas al director, las esquelas, los anuncios por palabras y poco más. También me quedan las farmacias de guardia, donde se han agotado las mascarillas, de modo que salgo a la calle con un pañuelo, no por miedo a los virus, sino porque toda mi vida soñé con disfrazarme de bandolero sin llamar la atención. Un sueño infantil cumplido gracias a una pandemia que de momento no es pandemia ni nada que se le parezca.

Cuatro. También echo un vistazo a las páginas de Cultura, donde leo que Dostoievski, a mi edad, ya estaba muerto, lo que me produce sentimiento de culpa. Ningún escritor que se precie debería sobrevivir a Dostoievski. Tampoco deberíamos sobrevivir a nuestros padres. Una amiga mía, a punto de cumplir la edad en la que falleció su madre, está convencida de que se va a morir, aunque goza de buena salud, porque no le cabe en la cabeza la idea de sobrevivirla. Es, dice, como si pusieras un vaso debajo del grifo y el agua no se saliera después de que se hubiera llenado.

Cinco. Pero mi amiga sobrevivirá a su madre. O no. No tenemos ni idea, no sabemos nada de nada. Todo es puro azar. Otra amiga mía fue al hospital a recoger los resultados de los análisis de sangre de su marido y en uno de los pasillos la detuvo un médico, un dermatólogo, que le había visto en la pantorrilla una mancha que le pareció un melanoma. Era un melanoma del que se curó por cogerlo a tiempo. Si mi amiga hubiera llevado ese día pantalones, estaría ahora criando malvas (o nalgas, como decía el otro). O sea, que a ver si se aclaran los científicos, que en los últimos años nos hemos muerto varias veces, unas por la gripe aviar y otras por las vacas locas. Y ahora nos estamos muriendo por la gripe porcina. ¿Quién lo aguanta?