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divendres, 31 d’octubre del 2008

Analogías

ANALOGIAS

Que entre los bancos no se presten dinero es como si entre los escritores no se prestaran ideas, o sea, lo normal. Lo extraño es que vinieran prestándoselo hasta ahora. ¿A cuenta de qué?, nos preguntamos. Descartada, por absurda, la solidaridad, sólo cabe pensar en el interés. Te doy tanto y me devuelves tanto y medio. Gracias a esos intercambios, el dinero fluía por el cuerpo económico y social como la sangre por el organismo, transportando oxígeno (o plusvalía) a todos los miembros.

La imagen no es mía, la he tomado prestada (sin interés, espero) de los comentaristas de la radio, que se refieren a las transferencias de dinero como en los hospitales se habla de las transfusiones de sangre.

Tales analogías nos ayudan a comprender la importancia del crédito en nuestras perras vidas (unas más que otras). Lo que nadie explica es quién cumple en este entramado el papel de hígado, o el de páncreas, o el de corazón (si lo tuviera). Pero, sobre todo, nadie explica dónde reside el cerebro del sistema.

Un cuerpo puede estar perfectamente sano desde el punto de vista de la circulación sanguínea, pero sin actividad cerebral. Es lo que pasa con los individuos en coma, que a veces despiertan y a veces no. Aquí, durante los últimos años, nos ha funcionado muy bien el aparato circulatorio, incluso el digestivo. Hemos comido como nunca (unos más que otros también), sin que nadie nos advirtiera del peligro del colesterol o de la tensión alta o de los triglicéridos. Bombeábamos sangre y dinero a tal velocidad que la biología parecía una fiesta. Ahora bien, ¿nos funcionaba el cerebro? ¿Dirigía alguien toda esa actividad circulatoria? ¿No habremos estado todos estos años de euforia en coma sin saberlo? ¿No será lo que nos ocurre ahora al despertar? Es una idea que brindo a los comentaristas de la radio, para no deberles nada.

dimecres, 29 d’octubre del 2008

Nos tienen engañados

NOS TIENEN ENGAÑADOS

En la mesa de al lado, un hombre le comentaba a una mujer que había ido en coche desde Barcelona hasta Madrid con el depósito de la gasolina vacío.

-Tenía pensado cargar al salir -añadió-, pero se me olvidó y luego ya no me di cuenta hasta que llegué a Madrid.

-Parece un milagro.

-A mí lo que me parece es que nos han hecho creer que los coches necesitan gasolina, pero que es mentira.

-¿Y por qué nos harían creer algo así?

-Pues por el negocio. Imagínate el dinero que mueve el petróleo.

La mujer se quedó pensativa, como calculando los miles de millones de euros o dólares que saldrían de la circulación si la gente se diera cuenta de que los automóviles no necesitaban combustible. Luego, tras dar un par de sorbos a su copa, dijo:
-Y no es sólo el dinero, sino el rito. Poner gasolina tiene algo de ceremonia civil. Por eso las gasolineras se están convirtiendo en pequeños centros comerciales, en pequeñas iglesias, podríamos decir, si aceptamos que la catedral contemporánea es el centro comercial.

El hombre asintió con expresión reflexiva. Yo pedí otro gin-tonic y cambié de postura para que no advirtieran que estaba escuchándoles. Al rato, volvió a intervenir el hombre.

-Y hay más -dijo-. Está también la caca de los perros.

-¿Qué pasa con la caca de los perros? -preguntó la mujer.

-Pues que a mí me extraña mucho que nos den bolsas de plástico gratis para recogerlas y que en cada esquina haya un contenedor para guardarlas. ¿Por qué un ayuntamiento que nos trata tan mal pone tanto cuidado en recoger la caca de los perros?

-No sé, ¿por qué crees tú?

-Pues porque ese excremento debe de tener un gran valor que nosotros desconocemos. ¿Quién te dice a ti que de la caca de los perros no obtienen una sustancia que cura el cáncer o algo así?

La mujer dijo que de momento iba a probar lo de la gasolina y pidió la nota. Yo también (quiero decir que también fui a probar lo de la gasolina).

divendres, 24 d’octubre del 2008

La víscera gramatical

LA VISCERA GRAMATICAL

Leo no sé dónde que los universitarios españoles sufren «carencias gramaticales graves». La expresión «carencias gramaticales graves» suena a diagnóstico clínico. Quizá lo sea. De hecho, en el interior de cada uno de nosotros funciona una gramática como funciona un hígado. Gracias al funcionamiento de la gramática no decimos, por ejemplo, que el madre de nuestra director han caído enfremos. Del mismo modo que vamos de acá para allá gracias al aparato locomotor, nos entendemos gracias a la gramática, una víscera más de la que no somos conscientes. Tampoco somos conscientes del páncreas, del que ni siquiera conocemos la forma que tiene, lo que no quiere decir que no actúe. Piense usted en el ser más rudimentario que conozca, escúchele hablar y no tendrá más remedio que admitir que la gramática -excepto en casos muy excepcionales- actúa dentro de su cuerpo.

Si la víscera gramatical no actuara, la sociedad sufriría un colapso. No nos entenderíamos o nos entenderíamos tan mal que saldría uno de casa con intención de comprar un quilo de cebollas y regresaría (en el mejor de los casos) con cuarto y mitad de mortadela. Sin la víscera gramatical, no podríamos hacer la declaración de Hacienda ni sacarnos el carné de identidad ni escribir cartas al hijo que estudia o trabaja en Estados Unidos. Si a mí me dieran a elegir entre tener problemas digestivos graves o problemas gramaticales graves, elegiría los primeros, sin duda, pues con un régimen adecuado y protectores de estómago saldría adelante. Cuidémonos la gramática, pues, como nos cuidamos el corazón o la boca.

Ahora bien, del mismo modo que para ser deportista se requieren unas condiciones físicas excepcionales, para ser universitario es preciso poseer también unas condiciones gramaticales fuera de lo común. Tener universitarios con «carencias gramaticales graves» es lo mismo que tener tenistas sin brazos o corredores sin piernas. Así que cuidado con la víscera gramatical de los universitarios, de cuya salud depende la del resto de la población.

Hombres medicina

HOMBRES MEDICINA

La Iglesia ha vuelto a armarla con ese crío andaluz, popularmente llamado el bebé medicina, que para los obispos ha nacido con dos pecados originales: el de todos nosotros y el de la ingeniería genética. El de todos nosotros, por cierto, comienza a cargar. La Conferencia Episcopal no ha pedido perdón por los crímenes reales cometidos por los suyos en colaboración con Franco hace dos días, y pretende que usted y yo nos demos golpes en el pecho por algo sucedido en el principio de los tiempos y en el interior de una novela (la Biblia), que por otra parte nos parece magnífica. ¿Cómo se puede vivir en una confusión de este tamaño?

Dos pecados originales, pues. Pobre niño, con menuda carga simbólica viene al mundo. Tendrá que sufrir por lo que hizo Eva y por lo que hicieron los médicos. Históricamente hemos aceptado que los hijos sean producto del azar, fruto del deseo, mano de obra barata u objetos de consumo. ¿Por qué no admitir esta función salvadora que no excluye ninguna de las otras? ¿Por qué referirse al niño, peyorativamente, como el bebé medicina? ¿Acaso no fue Cristo un hombre medicina? Después de todo, vino al mundo con el objeto de salvar, no ya a un hermano, sino a la humanidad entera. En cuanto a su concepción, también fue el resultado de algún tipo de manipulación genética, pues su madre se quedó embarazada sin comerlo ni beberlo, por medio de una paloma, eso es lo que dicen. ¿A qué, pues, tanto escándalo con el bebé medicina? En lugar de satanizarle, pobre, deberían celebrar su llegada como una revelación. Ojalá todos los seres humanos fueran alumbrados para salvar a alguien. La humanidad entrará en una nueva era el día en el que la reproducción -asistida o no- carezca de otro sentido que el de provocar la vida, pues hasta ahora sólo hemos demostrado cierta habilidad para producir la muerte.

dimecres, 22 d’octubre del 2008

Confianza

CONFIANZA

Los periódicos siguen editando enormes suplementos de negocios como si aquí no hubiera pasado nada. Oigan, que se ha hundido el tinglado, que esto es como seguir editando suplementos de cultura cuando ha desaparecido la cultura, o de gastronomía cuando sólo comemos carne picada. Seguramente lo hacen por inercia, del mismo modo que las uñas y el pelo de los cadáveres continúan creciendo durante algunos días después del óbito. Los suplementos de negocios son como las uñas y los pelos: zonas periféricas del cuerpo financiero a cuyas exequias asistimos estos días. Lo malo es que los cadáveres se hacen a veces pis encima. Ojalá que la difunta economía financiera no siga su ejemplo, pues sería muy desagradable verla realizar funciones orgánicas que difícilmente aceptamos observar en los vivos.

La inercia. Qué fuerza la suya. Hay personas (eso dicen los expertos en el más allá) que continúan sus rutinas durante algún tiempo después de perecer, como si siguieran vivas. Se despiertan, van a la oficina, vuelven a casa por la tarde, etcétera, hasta que algo o alguien les hace ver su nueva condición de fantasmas. Y aún en estos casos hay muertos que no se resignan. La economía financiera es un muerto que no se resigna. Está presente en los suplementos de negocios, cuando su sitio actual sería el de los de literatura o cine, y, lo que es peor, quizá muera de nuevo, pues ya algunos expertos hablan de una segunda oleada que sería peor que la primera (lo que llamaríamos una réplica si se tratara de un terremoto).

Entre tanto, continuamos preguntándonos si debemos retirar el dinero del banco. ¿Pero qué clase de ingenuidad es ésa? Lo que guardamos en el banco es un papel que tiene el valor que tiene porque nos hemos puesto de acuerdo en dárselo. Si todavía sirve para algo, es gracias a su permanencia en la cuenta corriente. En el momento en que guardáramos esos papeles debajo de la cama, su significado se vendría abajo. Por eso se dice que la crisis es de confianza. Los suplementos de dinero y de negocios deberían ser sustituidos por suplementos de confianza, lo que al tiempo de salvar la economía renovaría el periodismo.

dilluns, 20 d’octubre del 2008

La piedra filosofal es el estado

LA PIEDRA FILOSOFAL ES EL ESTADO

Un aviso para la gente que está comprando lingotes de oro: tampoco es un valor seguro. Su precio depende de un consenso tan absurdo y frágil como el de una acción de Telefónica. Si mañana nos ponemos de acuerdo en que el oro es una basura, tendrá usted que tragarse todos esos lingotes que guarda en el doble fondo del armario o en la caja fuerte de su alma. No tiene un valor intrínseco, sólo el que le atribuimos. Además, en cualquier momento podemos dar con la piedra filosofal capaz de transformar la caca en oro. No sería la primera vez que ocurriera. En sus orígenes, el aluminio era más caro que el vil metal (y perdón por lo de vil metal). Los objetos de los ricos, aunque ahora parezca mentira, tenían en aquella época alguna incrustación de aluminio. Pero de la noche a la mañana un joven investigador norteamericano descubrió el modo de producirlo industrialmente y los precios se fueron al carajo. Por eso hay tantas ventanas de aluminio. Son feas por la cantidad. Si sólo hubiera una en el mundo, causaría admiración. Una fachada cubierta de diamantes provocaría vómitos. Quizá algún día resulte más barato hacer las ventanas de oro, qué espanto

No hay valores seguros, decíamos. Es mejor invertir en alimentación que en joyas. Hay latas de sardinas que no caducan hasta el 2015. De aquí a esas fechas, el oro puede estar por los suelos, pero las sardinas continuarán tan frescas como ayer. De hecho, la gente verdaderamente sabia (abuelas, madres, tíos paternos, nueras y cuñados) está llenando las despensas, por si hay una guerra (de precios). No sé si las sardinas pertenecen al apartado de la economía real o de la financiera, pero al final si tienes mucho oro o muchas acciones, pero nada que llevarte a la boca, estás listo. La verdadera piedra filosofal sería aquella capaz de transmutar en jamón de Jabugo cualquier cosa que tocara.

Aunque, para piedra filosofal, el Estado, que ha recogido las subprime y demás productos de dudosa moralidad trasformándolos en oro. Los banqueros están que no se lo creen. Los pobres no se habían dado cuenta (o quizá sí) de que el Estado eran ellos. Por eso hemos acudido en su ayuda. De nada, tíos, a mandar.

divendres, 17 d’octubre del 2008

Transferencias de palabras

TRANSFUSIONES DE PALABRAS

Cuando tropiezo con una noticia sobre la crisis, dudo si leer sólo el titular o el artículo entero. Al final leo sólo el titular, porque el artículo entero me aporta poco, la verdad, me aburre. Cuando murió Franco, todos los periódicos lo publicaron en portada, a cinco columnas (o a seis, las que tuvieran). «Franco ha muerto». Pues eso, ¿continúo leyendo? ¿Hay mucho que añadir a un suceso de esa naturaleza? Al final, la vida se resume en una esquela. Y la crisis también. «Estamos jodidos», deberían publicar los periódicos a cinco o seis columnas y callarse hasta que lograran decir algo con sentido. Llevamos meses inyectando millones y millones de palabras a la crisis sin aclarar nada. Tenemos palabras, de expertos, de ingenuos, de amas de casa, de jugadores de bolsa, de mendigos, de auxiliares administrativos, de novelistas, de poetas. Todo el mundo ha dicho algo sobre la crisis sin que hayamos logrado averiguar nada sobre su naturaleza.
¿No es un modo de desangrarse? A veces, cuando escucho, no sé, a Almunia sin ir más lejos, hablando en la radio sobre la crisis me parece que es un hombre con una hemorragia verbal. Que se desangra usted, señor, por la boca, en beneficio de nada ni de nadie. No desperdicie todas esas palabras, toda esa sangre, que en el principio fue el verbo y el verbo era Dios, etcétera. ¿No ve que no está diciendo nada? Guárdese las palabras para cuando tenga algo nuevo. Esta mañana he salido a pasear con los cascos puestos y todos los contertulios se desangraban a cuenta de la crisis. Al cuarto de hora, nadaban en sangre verbal, en plasma oral. Les llegaba el líquido a la misma boca de la que les había salido un poco antes y ellos continuaban largando sobre la crisis debajo del agua sin aportar nada nuevo, excepto miedo, miedo, miedo, pánico, pánico, pánico, terror, terror, terror, etcétera.

Me vinieron a la memoria esos autobuses de la Cruz Roja que recorren las ciudades solicitando donantes de sangre. ¿No podría habilitarse un vehículo semejante para las transfusiones de palabras? No las desperdiciemos más, porfa, que hay gente sin palabras. ¿Por qué no darles parte de las nuestras hasta que encontremos algo que decir con ellas?