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dimecres, 30 de desembre del 2009

Feliz 2010

FELIZ 2010

Creo que la primera vez que escuché que los peces bebían y bebían en el río por ver a Dios nacido era ya un adolescente y había comprendido que la vida era absurda, de modo que no opuse resistencia alguna al hecho de que los peces bebieran de forma compulsiva, como el que se da un chute, por ver al niño Jesús. Lo que hace absurdo al mundo es lo mismo que lo hace hermoso, profundo y excitante. Imaginen un pez bebiendo y bebiendo en el río por ver a Dios nacido. ¿Es o no es fantástico? Es más que fantástico: se trata de una imagen fabulosa que ha hipnotizado ya a varias generaciones. Y lo que te rondaré.

Pero comprender que la vida era absurda y por lo tanto fabulosa no fue sencillo. Requirió un proceso con tramos en los que hubo angustia, inquietud, ansiedad, zozobra. El otro día, en la radio, me preguntaron si me gustaba ese villancico en el que una tal Marimorena no para, la pobre, de caminar porque es la Nochebuena (ande, ande, ande la Marimorena, ande, ande, ande, etc.). De pequeño, imaginaba que la Marimorena era una chica de 15 años ataviada con un vestido regional de no sé dónde (todos se parecen) y condenada a caminar, a caminar, a caminar (camina o revienta). Iba la Marimorena por una especie de descampado, empujada a moverse sin parar por las voces que cantaban ese villancico. En ocasiones, yo abría la boca fingiendo que cantaba, pero no pronunciaba palabra alguna, pues me dolía formar parte de aquella conspiración. Me agobiaba que la chica no pudiera sentarse. ¿Y todo por qué? Porque era la Nochebuena. ¿Qué relación había entre una cosa y otra? Ninguna, pero jamás me atreví a preguntar a mis padres el porqué de aquel destino cruel.

Había otro villancico conflictivo también: el titulado Adeste, Fideles (Acudid, fieles). Lógicamente, en aquella época no sabía latín. Nadie tampoco me explicó que tal era el idioma del Villancico. De modo que yo, para darle sentido, en vez de decir «Adeste, fideles», decía «Al este, Cibeles» señalando con la mano esa posición geográfica. Estas fiestas tan señaladas, en fin, tienen la virtud de recordarnos, por un lado, que la vida es absurda y, por otro, que, por eso mismo, es maravillosa. Feliz 2010.

dilluns, 28 de desembre del 2009

Yo, tú, él

YO, TÚ, ÉL

No existe, que un servidor sepa, una historia del delirio. Ignoramos por tanto cuándo irrumpió en la existencia o de qué modo influyó en la historia del progreso. Sí estamos en condiciones de afirmar, en cambio, que casi todas las grandes obras de arte están tocadas de un modo u otro por esta patología. Quizá, por tanto, en la historia de la literatura o la pintura se encuentre, oculta, una historia del delirio. También sabemos que cuando surge, en torno a un delirio equis, un consenso social de proporciones gigantescas, éste pasa a formar parte de la realidad. Por eso no siempre es fácil diferenciar un delirio de un suceso objetivo. Hay delirios tan bien establecidos que el mero hecho de ponerlos en cuestión puede costar la vida al ponente (véase la historia de las religiones).

En definitiva, que hemos llegado a un punto en el que resulta francamente difícil decir «esto es un delirio, esto no es un delirio», como el que dice «esto es una lenteja, esto es una alubia». La banca mundial (incluso la local), ¿es un delirio? Quizá sí en la medida en que adopta muchas características de la religión. Las sedes centrales de los grandes bancos, por ejemplo, se parecen mucho a los templos por la profusión de mármoles y por el respeto que inspiran al creyente (o impositor). Si usted recibiera una llamada, pongamos por caso, de Emilio Botín o de Francisco González, su turbación sería mayor que si se le apareciera la Virgen (tampoco creemos, con excepciones, a los que aseguran que la Virgen les habla). La banca es un delirio tan potente que cuando se viene abajo todos los gobiernos acuden a apuntalarla. No hay forma de dejar de creer en la banca sin que se derrumbe el edificio entero. No todo el mundo va a misa, pero todos nos confesamos con el cajero automático dos o tres veces por semana.

Viene esto a cuento de que ayer mismo, mientras me tomaba el gin tonic de media tarde, un individuo le aseguraba a otro en la mesa de al lado que el «yo» era un delirio, consensuado desde los tiempos más remotos, sí, pero un delirio. Salí del bar con mal cuerpo porque en el fondo me pareció que llevaba razón. El «yo» es un delirio; el «tú» son dos delirios; y el «él», evidentemente, tres delirios. Mundo de locos.

diumenge, 27 de desembre del 2009

No supo contestarme

NO SUPO CONTESTARME

En la mesa de al lado dos jóvenes (chico y chica) discutían acerca de si una batería de móvil descargada pesaría menos que una cargada.

- Lo lógico es que sí, que pese menos –dijo el chico.

-¿Y por qué hay que verlo a la luz de la lógica? –preguntó la chica.

-Porque lo que es lógico, sucede –dijo el chico–. Si tiras una moneda al aire, lo lógico es que caiga.

-El hecho de que caiga no significa que sea lógico. Suceden muchas cosas que no son lógicas.

-¿Qué cosas?

-No sé, la metamorfosis de los insectos, por ejemplo. ¿A ti te parece lógico que para llegar a mariposa tengas que atravesar todos esos estadios, incluido el de gusano? ¿Qué necesidad hay de hacerlo tan complicado?

-No sé… -dudó el chico.

-Por favor, si es más difícil llegar a mariposa que a notario.

-¿Y los notarios te parecen lógicos? –preguntó el chico.

-¿Qué dices, hombre? ¿Cómo van a ser lógicos los notarios? Mi padre trabaja con varios y son un disparate.

Llegó mi gin tonic, le di el primer sorbo y volví a aplicar el oído. Pero los jóvenes permanecieron en silencio, como si las últimas palabras los hubieran distanciado. Finalmente, al cabo de unos minutos, tomó de nuevo la palabra la chica. Dijo:

-Mira, Ricardo, yo no acabo de ver esto nuestro. Te tengo mucho afecto, pero creo que deberíamos tomarnos un tiempo para reflexionar. Un tiempo en el que cada uno vaya por su lado.

-¿Y qué tiene que ver esto con el peso de las baterías de los móviles?

-No sé, ¿qué tiene que ver?

-Has sido tú la que ha preguntado si una pila descargada pesa menos que una cargada. Lo habrás preguntado por algo, ¿no?

La chica hizo un gesto de hastío, como diciendo que el tema la superaba, y se levantó y se fue, con el chico detrás. Yo acabé el gin tonic, salí a dar un paseo y luego volví a casa. Le pregunté a mi mujer lo de la batería, pero no supo qué decir. Vimos juntos el telediario.

dissabte, 26 de desembre del 2009

Sin vergüenza

SIN VERGÜENZA

Se le ponía a uno la carne de gallina viendo por la tele a todas esas familias tiradas en el aeropuerto de Barajas. Parece que Díaz Ferrán, el presidente de la CEOE, les había vendido billetes de avión falsos para pasar las navidades en Cuba, en Ecuador, en Colombia, en Argentina... Algunos de los pasajeros estafados llevaban en el aeropuerto 24 horas, intentando calmar a sus bebés mientras corrían de un mostrador a otro en busca de una información que no llegaba. Un hombre que se pasa el día dando doctrina acerca de cómo arreglar un país de más de 40 millones de habitantes, debería ser capaz, pensaba uno, de arreglar una emergencia provocada por él y que apenas afectaba a 1.000 familias. De modo que permanecimos atentos a la pantalla, convencidos de que de un momento a otro aparecería Díaz Ferrán vestido de supermán y socorrería a esos pobres inmigrantes de cuyos ahorros y buena fe se había beneficiado sin escrúpulos.

Pero Díaz Ferrán no se manifestó hasta las 48 horas, y disfrazado de sí mismo, para reprochar a los estafados que hubieran pretendido volar en los aviones de una empresa presidida por él. Menos mal que ahí estaba papá Estado para sacarle las castañas del fuego, como a los banqueros. Quizá el Estado tenga que hacerse cargo también de los salarios que el patrón de patronos adeuda a los empleados de Air Comet. Nosotros nos conformaríamos con no pagar a escote los millones que este empresario ejemplar debe a Caja Madrid y por los que ha sido acusado de engaño. Lo que sí sabemos, en cambio, es que los afiliados a la CEOE continúan confiando en él para que los represente donde sea preciso, tal vez porque en su actitud general se resumen las virtudes de nuestro empresariado. Lógico: ha demostrado que sabe enfrentar la crisis sin blandenguerías. Y sin vergüenza. Toma nota, ZP, así se arregla España.

dimarts, 22 de desembre del 2009

Relaciones humanas

RELACIONES HUMANAS

Coincidí en el ascensor del hotel, cuando bajaba a desayunar, como una mujer que hablaba por el móvil. -¿Y dices que los niños han dormido de un tirón? –preguntaba en ese instante. Le debieron de contestar que sí. El interlocutor era, imaginé yo, su marido, que le daba el parte doméstico mientras preparaba el desayuno de los críos antes de llevarlos al colegio.

Tras colgar, la mujer se quedó pensativa. Me pareció que le molestaba que sus hijas hubieran dormido bien. En esto, nuestras miradas se cruzaron y ella consultó una carpeta de trabajo, como para revisar la agenda del día. Entonces abrí involuntariamente la boca y dije:

-No le crea.

-¿Cómo dice?

-Que no le crea. Todos los hombres, cuando su esposa sale de viaje, aseguran que los niños duermen bien, para culpabilizarla. Es como si dijeran: «Duermen mal cuando estás tú porque los malcrías o porque les dejas ver la tele, o porque no les lees, una vez que están en la cama, el cuento adecuado».

La mujer sonrió educadamente, preguntándome si lo decía por experiencia, y le aseguré que sí.

-Mis hijos ya son mayores -añadí-, pero cuando eran pequeños y mi mujer tenía que viajar por razones de trabajo, siempre le decía que habían cenado bien, que habían dormido de un tirón, y que se habían levantado sin protestar.

-¿Y era mentira?

-Siempre era mentira.

-¿Entonces?

-No sé, está en nuestra naturaleza molestar a las madres.

Entramos juntos en el comedor y compartimos mesa. Ella trabajaba en el área de marketing de una empresa de electricidad y tenía que viajar mucho, lo que fastidiaba a su marido, que se vengaba asegurándole que los niños dormían bien cuando ella faltaba. Se quedó más tranquila una vez que la convencí de que habían dormido mal. Por mi parte, llamé a casa para ver cómo estaba el perro y se había pasado la noche vomitando.

divendres, 18 de desembre del 2009

El Olvido

EL OLVIDO

Dos científicos de la Universidad de Nueva York acaban de inventar el alzhéimer, que viene a ser como descubrir la gasolina. Por lo visto, son capaces de borrar de la memoria los malos recuerdos, no hemos comprendido muy bien cómo. Lo importante es que vas a consulta, pides que te borren la Guerra Civil española de la cabeza y te la borran. Quien dice la Guerra Civil española, dice el armario de tres cuerpos de la habitación de tus padres, la adolescencia entera, la primera pálida o el último gatillazo. La limpieza dura un año, por lo que albergamos dudas acerca de si se trata de un borrado auténtico o de una represión. Tampoco hemos entendido cómo eliminan las bisagras que articulan los malos recuerdos con los buenos. En la oración gramatical "no hay mal que por bien no venga", resulta difícil, por ejemplo, separar el mal sin cargarse el bien. Los malos recuerdos crean, con los buenos, alianzas sintácticas de complicado desmontaje.

En Olvídate de mí, una extraña película de Michel Gondry, con guión de Charlie Kaufman e interpretada, entre otros, por Jim Carrey y Kate Winslet, una pareja conflictiva, de las de ni contigo ni sin ti, acude a un doctor que practica el alzhéimer selectivo para que borre a cada uno el recuerdo del otro. El problema es que pasado el tiempo vuelven a encontrarse por casualidad y se enamoran de nuevo por necesidad. Los oncólogos todavía buscan el modo de eliminar las células malas sin dañar las buenas y los cocineros no han logrado aún hacer una tortilla sin romper el huevo. Si a Tiresias le hubieran curado la ceguera, habría perdido con ella, paradójicamente, la videncia. Al mismo Dios le quitas el diablo y se queda prácticamente en nada el pobre. Quizá sea posible eliminar los malos recuerdos, pero ya me dirán por dónde cortar para que no se venga abajo el tinglado entero.

diumenge, 13 de desembre del 2009

Ojo con la automedicación

OJO CON LA AUTOMEDICACIÓN

Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto, que estos ataques de bondad estén relacionados las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).

En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Qué hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando. Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.